Ahora es la antigua comisaría de la Plaza de la Gavidia, edificio del terror de estado que pretenden convertir en resort de cinco estrellas, donde las tinieblas del semisótano de las torturas y los malos tratos se van a reinterpretar con «guiños al miarma», «frases con arte y costumbrismo», «humor y diseño». Un proyecto al que solo le faltarían las andanadas radiofónicas de Queipo ecualizadas con IA, y cientos de drones, uno por cada personas represaliada, proyectando chistes de los represores en los cócteles privados que se celebren dentro de esos 215 metros cuadrados reservados a museización memorialista. Con «colores vivos», a ser posible.
Quieren convertir la memoria en una maldición bíblica. Si miras atrás te conviertes en estatua de sal. Escriben leyes de concordia para derogar el pasado, volver a la Grecia del siglo V antes de Cristo en que los ciudadanos eran obligados a olvidar por decreto. Les estorba la memoria porque sin memoria no hay democracia, porque reculan cuando alguien equipara democracia con antifascismo.
Ahora Gavidia, que ya no hay que blanquear nada, que el pasado lo derogamos con un hotel de lujo en pleno centro de la ciudad y a los nostálgicos les vamos a aplicar memoria democrática con efecto WOW y la experiencia inmersiva de un videowall. Ahora Gavidia, un pequeño símbolo más del fin de la historia, una mota de polvo soplada de la tapa de un libro premonitorio que se titula El que pueda hacer, que haga.
Aún así, No Pasarán, y lo saben.
