Pensé erróneamente que Proyecto Kálamos tenía parentela etimológica con calamidad. En el mismo fallo cayeron en la Roma antigua, según leo, pero yo al menos no sabía que el griego kálamos significa «caña», concretamente la que en tiempos se usaba para escribir.
En casa consulto la Enciclopedia Salvat, tomo 3, página 2.338, donde el sustantivo cálamo va justo detrás del adjetivo calamitoso, sa (¿dedo en llaga?) y en su segunda acepción (poética) dice literalmente «tallo de las gramíneas».
Una vez me hicieron las pruebas y me salió alergia a las gramíneas (y al olivo).
El caso es que después de tres mañanas de sábado hablando de Farenheit, 1984, Un mundo feliz, La familia de Pascual Duarte y ya, para rematar, La transformación/metamorfosis de Kafka, el asunto de relacionar Kálamos y calamidad tampoco parece una frivolidad. Contribuye que hace falta valor para ensayar una Introducción a la Literatura en modo indie, en Dos Hermanas, y farmear aura con un libro como un Walter Benjamin cualquiera (que definió el aura de una fotografía).
Kafka siempre ayuda porque hay una canción de Christina Rosenvinge que cita a Gregorio Samsa y a Pierrot le fou en la misma canción. Ayuda porque hay una novela de Murakami que se titula Kafka en la orilla. Incluso el sevillano Sr. Chinarro se creyó Franz Kafka en Del montón, tirando de una rima petarda (con «tasca»).
Todos los citados, excepto el eterno no-Nobel, son calamidad.
Quiero expresar con esto mi agradecimiento a las dos horas sabatinas impagables de las tres últimas semanas de septiembre, y que Proyecto Kálamos y su club de lectura/locura y el bebé Pedante que está en ciernes son una ínsula Barataria en medio de los tiempos políticos que corren (a gorrazos) y en todos los demás también. Así que larga vida, eterno comienzo, y podamos contarlo tanto como disfrutarlo.

