Desayunamos en la cafetería del mercado de abastos de Dos Hermanas y visitamos El Club de los Raros, una librería de segunda mano que aplica el modelo circular y social a «recuperar libros, encontrarles nuevos lectores y convertir cada compra en apoyo para iniciativas culturales, sociales y ambientales». Hay miles de obras y el espacio del local es todavía más grande de lo que imaginaba. Pienso: «Quieras que no, paso por aquí a diario y hasta ahora no había entrado». Desde el interior, al otro lado de los escaparates, sorprende el trasiego permanente de personas que pasan calle arriba, calle abajo.
Con Paqui López y Pepe Navarrete, echamos la mañana de trabajo en nuestra oficina del grupo municipal, en el Ayuntamiento. Organizamos y ampliamos la agenda local, preparamos textos para las redes sociales y nos interesamos por convocatorias de asociaciones y colectivos de la ciudad, como AFA.
Como eterno aprendiz de memorialista, leo casi todo lo que se publica a diario bajo las etiquetas «memoria histórica» y/o «memoria democrática», entre otras, sobre todo en Andalucía. Una de las últimas me ha dolido especialmente, no solo por la cercanía física del lugar, sino (sobre todo) por el codo con codo de muchos compañeros y compañeras que sufrieron aquellos calabozos del terror.
Sobre esto, un amigo describe su experiencia en Facebook con el siguiente comentario:
Pues toda una noche con los brazos en alto. Después por la mañana declaración y fichado. Motivo, ser delegado de curso en la Universidad. Igual que yo 87, delegados. A algunos y algunas, las hincharon a guantadas, literalmente. No fue mi caso. Conocí la ficha en el cuartel en el servicio militar. Encima eran tan torpes que decía la ficha que era dirigente de la «Joven guardia roja». Estaban muy equivocados.
Este amigo, como muchos otros que conozco, podría ser uno de los que el artista Juan Genovés pintaba en sus obras, personas perseguidas que corren durante una manifestación antifranquista, el miedo que durante aquellos años agrieta las calles alborotadas y, sobre todo, bajo las luces a 125V de las comisarías franquistas, sus cables pelados en los calabozos y sus jergones picados de parásitos.

