Le he pedido a mi compañero y camarada José Antonio Diáñez, concejal portavoz de IU en el Ayuntamiento de Olivares, el texto de su intervención en la Ofrenda Floral que se ha realizado en homenaje a 7 republicanos de su pueblo que fueron asesinados en el 36 y arrojados a una fosa del cementerio de Salteras. Hay un libro maravilloso de José María García Márquez dedicado a ello. La intervención de Diáñez, junto al monolito del cementerio saltereño, comienza con la conocida frase “Los pueblos que no tienen memoria están condenados a repetir su historia” y continúa así:
Hoy no estamos aquí solo para recordar. Estamos aquí para denunciar, para señalar y para exigir. Porque la memoria no es un ejercicio del pasado: es una herramienta política del presente y una garantía de justicia para el futuro.
En Olivares, en Salteras, en el Cortijo Casa Buena, no hablamos de hechos lejanos ni difusos. Hablamos de asesinatos. Hablamos de siete hombres ejecutados entre el 24 y el 25 de agosto de 1936. Hablamos de vecinos, de trabajadores, de representantes públicos, de personas comprometidas con una idea de sociedad más justa. Hablamos de víctimas del fascismo.
Durante décadas se intentó imponer el silencio. Se quiso convertir la verdad en duda, la memoria en susurro y la justicia en olvido. Pero hoy, gracias al trabajo de las familias, de los historiadores y de los equipos de arqueología, la tierra habla. Y lo que dice es claro: fueron asesinados.
Ya nadie puede negarlo.
Pero no basta con saber. No basta con encontrar huesos. No basta con poner nombres. La memoria sin justicia es solo una forma más de abandono.
Porque estos crímenes no fueron hechos aislados. Formaron parte de una estrategia sistemática de exterminio político. En Sevilla, alrededor de 14.000 personas fueron asesinadas. En Andalucía, decenas de miles. En toda España, una maquinaria represiva que no solo buscaba eliminar cuerpos, sino borrar ideas, identidades y esperanzas.
Y frente a eso, durante demasiado tiempo, hubo impunidad.
Se nos dijo que había que olvidar para convivir. Se nos pidió silencio en nombre de la reconciliación. Pero no puede haber reconciliación sin verdad, ni paz sin justicia, ni democracia plena sobre fosas comunes.
Las familias lo saben bien.
Saben lo que es crecer sin un padre, sin una historia contada en voz alta. Saben lo que es el miedo heredado, el silencio impuesto, la memoria fragmentada. Y aun así, han resistido. Han preguntado. Han buscado. Han removido la tierra y también las conciencias.
Son ellas, las familias, quienes han sostenido la memoria cuando las instituciones miraban hacia otro lado.
Por eso hoy, este no es solo un acto de recuerdo. Es un acto político.
Es una reivindicación de la memoria democrática como pilar fundamental de nuestra sociedad. Es una exigencia de que el Estado asuma su responsabilidad: en la búsqueda, en la identificación, en la reparación y en la dignificación de todas las víctimas.
Porque no estamos hablando del pasado como algo cerrado. Estamos hablando de heridas abiertas. De derechos humanos vulnerados que aún esperan respuesta.
Y también estamos hablando del presente.
Porque cada vez que se banaliza el franquismo, cada vez que se relativiza la dictadura, cada vez que se cuestiona la memoria, se está atacando directamente la democracia. Se está sembrando el terreno para que la historia, efectivamente, se repita.
Por eso decimos alto y claro: memoria, verdad, justicia y reparación.
Memoria para recordar quiénes fueron y por qué los mataron.
Verdad para desmontar décadas de silencio y manipulación.
Justicia para que estos crímenes no queden impunes.
Y reparación para las familias que nunca dejaron de luchar.
Los siete de Olivares eran Brígido Blanco Pallares, padre de Bernardo, y Manuel González Mariscal, abuelo de Julián. Y José Román Delgado, Juan Pallares García y Fernando Cotán Delgado, padre de el Caracol. O el entonces alcalde, Victoriano Rodríguez Delgado, y el secretario del centro socialista, Anastasio Cortés.
Son símbolos de una lucha que sigue vigente. Son la prueba de que la dignidad no se entierra. De que la memoria resiste. De que la verdad siempre acaba saliendo a la luz.
Y nosotros, hoy, tenemos una responsabilidad: no mirar hacia otro lado.
Porque un país que no enfrenta su pasado está condenado a repetirlo. Pero un pueblo que lucha por su memoria, es un pueblo que defiende su futuro.
