Desde mi visi√≥n marxista, opino que la historia debe estudiar la estructura econ√≥mica, las clases sociales y la coyuntura pol√≠tica en lugar de las haza√Īas heroicas o las vidas de reyes y reinas, huyendo del culto a los h√©roes y la obsesi√≥n por los gobernantes.
Con todo, al leer la biograf√≠a Felipe de Espa√Īa, escrita por Henry Kamen en 1997, he tenido la sensaci√≥n de haber asistido a una especie de cosmogon√≠a de nuestro tiempo.

La historia de este rey absoluto, filtrada por una mirada distinta -la del autor brit√°nico- a la que habitualmente hemos conocido en los manuales, no s√≥lo nos aterriza en un siglo donde la religi√≥n y la pol√≠tica eran un tejido sin costuras. Tambi√©n nos muestra un mundo en el que la existencia humana vale menos que nada, incluyendo la del propio monarca (impresionante el cap√≠tulo que relata sus ultimas semanas de vida, sin poder moverse de la cama, evacuando sobre las s√°banas que no pod√≠an cambiarse, el hedor de sus llagas purulentas a causa de la gota, la hidropes√≠a y las calenturas), por no hablar de la condici√≥n de las mujeres como meras m√°quinas reproductoras de descendencia. 

La galer√≠a dramatis personae que aparece en el recorrido no tiene desperdicio para entender, tambi√©n, el siglo en que vivimos, desde una visi√≥n que se podr√≠a denominar ‚ÄúDe aquellos polvos‚ÄĚ: desde Suleyman el Magn√≠fico -¬°ay, Erdogan!- hasta el pirata h√©roe ingles Francis Drake; desde Cervantes y Teresa de √Āvila hasta Mateo Alem√°n -autor de una de las m√°s c√©lebres s√°tiras de la miseria en que viv√≠an los pobres en el Siglo de Oro-; incluso, de manera anecd√≥tica, los antepasados sanguinarios de la Duquesa de Alba y del Duque de Feria -procesado por sus vicios, all√≠ y aqu√≠-, en una √©poca que ya conoci√≥ varias suspensiones de pago del Estado, en la que el propio rey actu√≥ de manera m√°s cercana al pueblo que nuestros actuales gobernantes, incrementando la alcabala (impuesto a la compraventa) por no gravar la harina, art√≠culo b√°sico de consumo, ‚Äúpues tanto come el pobre como el rico, lo que no es la alcabala, que el rico paga m√°s y el pobre menos¬Ľ.

Y, por supuesto, el apoyo sin fisuras a la Inquisici√≥n, todo lo contrario que al Vaticano, con quien siempre compiti√≥. 

Cuenta Kamen que, un a√Īo antes de la muerte de Felipe II, un can√≥nigo de Ja√©n declar√≥ que ‚Äúsi en Espa√Īa fu√©semos gobernados por una rep√ļblica, como en G√©nova o en Venecia, tal vez no habr√≠a necesidad de todo esto‚ÄĚ, refiri√©ndose a la miseria en que los gastos de guerra estaban sometiendo al pueblo. En esto, desde otra perspectiva, han pasado casi 420 y cuatro felipes m√°s; en vez de un can√≥nigo, se me ocurre que hoy por Ja√©n lo podr√≠a decir un diputado, Diego Ca√Īamero. Seguramente, el esc√°ndalo que provoc√≥ aqu√©l en 1597 ser√≠a m√°s o menos parecido al que le montar√≠a Ana Rosa a nuestro compa√Īero campesino. Ahora el Santo Oficio utiliza otros m√©todos, sus autos de fe se televisan en prime time. Puestos a buscar similitudes, las hay para todos los gustos.

En cuanto a la religiosidad, yo también la tengo. Desde mi visión marxista, Dios existe en las obras de Bach, Arvo Part o, por ejemplo, en este Pie Jesu de Gabriel Fauré.