Un coche atrapado en un aparcamiento no para de pitar a mitad de la calle Canónigo y dos señoras con andador comentan que «van a tener que poner un semáforo» en la acera atascada del Consultorio. La cafetería vacía a las 9,55 y llena a las 10,05. Comentarios en las redes sociales sobre MariCarmen «la vieja», «la jeta» y «la binguera»: ganas de renunciar a la nacionalidad española. La posverdad es el triunfo de las tripas.
Me piden el aval para Toni Valero en las primarias exprés de Izquierda Unida y no lo dudo, pero antes envío mi pésame a mi querida Pepa Beiras, hermana del fallecido Xosé Manuel.
Hoy se llama M…, su situación es demoledora ya sin el problema de la vivienda. Nos dice que la han atendido en los servicios municipales, donde le han marcado una ruta administrativa que, por desgracia, no va a resolver su problema. Vamos a seguir peleando, le escribo al final de la noche, hay margen y todavía tenemos días por delante.
El joven Adrián me envía una fotografía de su bisabuelo, de quien sabe que defendió la legalidad republicana en el 36 y poco más. Sugiero Pino Montano a un grupo de docentes memorialistas, que buscan un espacio público amplio para una jornada completa con varios segundos de bachillerato.
El nobel para Anne Carson es otro año sin para Murakami.
«La cuestión no es la relevancia de Satie. Él es indispensable». Esencial la frase de John Cage, a propósito de la reedición del libro de María Negroni sobre un genio circense que, como sus amigos los animales, superó «el comunismo sonoro, sin vivirlo». Si dios existe es porque vive en Bach y en las sonneries de Erik Satie.
Mis camaradas saben que no veo series porque el guión me obliga a beber las películas a pequeños sorbos. Las últimas tres sobremesas han sido para la maravillosa The Last Picture Show de Bogdanovich y hoy, atravesando los silencios de la siesta, empiezo Lulu on the bridge en mi tablet. Cuando Keitel y Sorvino comparten a oscuras la piedra luminosa, la pantalla se vuelve espejo azulado y, de repente, me veo mirándome en el rostro de mi padre; tal vez, acaso menos redonda la cara, pero mi padre; paro la película y me detengo un rato a recordarnos.

