Desórdenes de cada día

Desórdenes de cada día

En la misma alerta de Google hay una oferta de empleo en el Polígono La Isla con un sueldo de 1.200 euros y, más abajo, un alquiler mensual de un piso en Entrenúcleos por idéntica cantidad. Radio Futura cantaba Veneno en la piel cuando mi amigo J. M. compró su vivienda en Ciudad Blanca por el mismo dinero que le costó su nuevo coche Opel Vectra. Todo el mundo sabe qué ha sucedido entre los conceptos de corredor y fondo buitre.

La nobel Anne Carson opina que el arte es algo en lo que ocupar tu mente mientras soportas la realidad. Estoy de acuerdo con este pensamiento (de primer mundo, claro), y me aplico este otro a mi espacio híbrido político-sentimental:

«Si nuestras mentes son un desorden de todas las cosas que encontramos de un momento a otro durante el día –de la misma forma que ponemos un libro de Catulo o Proust junto a un diario en una estantería– ¿por qué no poner el mismo desorden en el papel? Creo que es menos natural separar las cosas en períodos temporales y períodos de práctica artística».

Me enfundo a Dominique A en los auriculares. No es igual que quitarle el plástico al vinilo recién llegado a casa, pero escuchar por primera vez Spirales camino de Sevilla, por la mañana en tren de cercanías y por la tarde en el metro (compitiendo con un Chuck Berry tuneado). En CCOO recupero el reloj que me dejé en un atril cuando la última reunión de marea blanca; también la alegría del reencuentro con Marta Raya, diez años después. En la reunión sobre la antigua comisaría franquista de Gavidia, siento el escalofrío de un represaliado al recordar los sonidos previos a la tortura: «El timbre, las pisadas bajando la escalera, el cerrojazo… a ver a por quién vienen». A las 12,00 salimos a guardar un minuto de silencio en memoria de MariCarmen, como se ha hecho en muchos sitios de toda España.

Por la tarde asisto a la conversación entre Silvia Intxaurrondo y Manu Sánchez en la Casa de la Provincia. No veo apenas sus programas, pero vislumbro oficio y sentido del humor frente a la posverdad y el amargor permanente de quienes ceban lo insoportable de la realidad. Silvia sabe mucho de memoria histórica y maneja con sentido (y sensibilidad) la necesidad de justicia y reparación para las víctimas del franquismo. Y una frase bofetada proverbial de mi paisano, dedicada al ciclo de conferencias (blanqueador) La guerra que perdimos todos:

«Quienes argumentan que ese título no rema a favor de nadie porque no hubo vencedores y vencidos, ¿lo habrían titulado La guerra que ganamos todos?»