La gente del pueblo ajustaba los relojes cuando lo veían pasear
«Leemos para saber que no estamos solos», escribió William Nicholson. La cita se conoce por la breve conversación entre Peter Whistler y el profesor C. S. Lewis (Anthony Hopkins) en ‘Tierras de Penumbra‘. Si esa sentencia fuera correcta, je ne suis jamais seul avec ma solitude, que cantaba Moustaki.
A la orilla del final de agosto

En un cuadernito donde apunto todas las cosas trascendentales de mi vida, he escrito esta enseñanza de agosto:
Aprender a mirar desde arriba
No encima: a la orilla
Oí silbar a alguien
Hay poca gente en el parque, se puede patinar y elegir sol/sombra para sentarte en la terraza del bar; el aparcamiento del Arenal está vacío de domingo cotidiano y la confitería San Rafael tiene echado el cerrojo.
La instantánea del viernes santo en esta chincheta del mundo huye del bullicio que se le podría presuponer. Abundando: ninguna llamada en el móvil, cuscús para merendar.
La realidad no se limita a las cosas que se pueden ver
Cuando lees compulsivamente, te trasladas. Desde la azotea de casa no percibes rastro de la semana santa, ni de la campaña electoral; recoges la ropa cuando escuchas las tormentas, la gente cruza la Plaza del Arenal con paraguas colgados del brazo, las nubes negras se derraman sobre Las Portadas.
Actúa siempre como si una cámara te estuviera vigilando
Aprender a comportarse en público ante las prisas y los nervios; las dudas: colapso en la Junta Electoral Central, nuestra gente esperando en los juzgados.
El aparcamiento de la Plaza del Arenal amanece estos días con el canto de un pájaro -supongo un mirlo invasor- que encajaría a la perfección en el primer movimiento de la sinfonía número 11 de Philip Glass, esa nueva maravilla sonora que me acompaña cada vez que urge un antídoto de euforia.

