27.09.2022

Cuaderno de agosto (5)

Hoy me he metido a releer ‘Neofascismo. La bestia neoliberal’, ensayo coral dirigido por Adoración Guamán, Alfons Aragoneses y Sebastián Martín, prologado por el gran Isaac Rosa y presentado en Sevilla por, además, mi querido amigo Francisco Sierra (que participa en la obra con el análisis titulado ‘Neofascismo y Comunicación’), una magnífica tarde de conversaciones, allá por septiembre del 2019, en el Espacio La Barqueta.

De las páginas que he leído (y subrayado sin desdén), extraigo aquí algunas reflexiones, bien basadas en los textos, bien copiadas/pegadas literalmente de las páginas:

No confiemos en que la victoria sobre el fascismo se conseguirá en las urnas. Confiemos en que ser demócrata equivale a ser militante antifascista. El fascismo apunta hacia las mujeres, las personas refugiadas, las personas pobres o racializadas. 

No se puede abordar la cuestión del fascismo sin plantearse la del capitalismo (Walter Benjamin). Sería como indagar en los efectos sin interrogarse sobre las causas (Bertolt Brecht).

Isaac Rosa: “Un capitalismo que en su última fase no necesita ya la democracia puede funcionar sin ella. Un mercado que ha dado por liquidado el gran pacto social de postguerra, y cuyo dominio encuentra menos resistencia mediante el desguace de la democracia, optando por fórmulas autoritarias para asegurar ese dominio. Por eso, toda resistencia antifascista empieza por exigir cuentas al neoliberalismo por su responsabilidad en ese resurgir”.

Enzo Traverso: “Una lección fundamental de la historia de los fascismos es que la democracia puede ser destruida desde el interior” (2016).

Todas las películas de Yasujiro Ozu que he visto hasta ahora empiezan igual: con una imagen del Monte Fuji tras el rótulo ‘Estudios Shochiku’ dando paso al mismo lienzo (que parece) de saco de yute con el título de la obra; incluso en su primer filme en color, donde por primera vez cambian todos los personajes a excepción de Chishû Ryû, el eterno padre preocupado siempre por el futuro de su prole.

Visto en eldiario.es

Hay decenas de estatuas de Simón Bolívar en todo el mundo y algunas en España, de hecho el sábado pasado estuve muy cerca de una. Si la pose deviene actitud, ¿no te parece que hay que ser muy (pero que muy) rancio y cavernícola para no ponerse en pie delante de una espada del libertador latinoamericano por aquello de simbolizar no-se-sabe-bien-qué de hace dos siglos?