30.05.2020

‘Por qué soy comunista’, de Alberto Garzón

La obra Por qué soy comunista, de Alberto Garzón, está estructurada en tres partes. La primera, de más difícil lectura, se titula «La ciencia y el socialismo», donde se repasa la historia de la ciencia, la cuestión del método científico y el estatus científico de las ciencias sociales. También habla de marxismo, del significado de materialismo histórico y del funcionamiento del capitalismo.

Abrigada con el supuesto carácter de ciencia, la economía se presenta actualmente como una herramienta neutral en manos de supuestos expertos, casi siempre procedentes del sector financiero o de universidades privadas, que permitiría a la sociedad avanzar por la ineludible senda del progreso.

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Dependencia

Herbert Marcuse teorizó en El hombre unidimensional la decadencia del potencial revolucionario en las sociedades capitalistas, donde una organización aparentemente tolerante había creado nuevas formas de control social que conseguían desmovilizar a la clase obrera, estimulando su afán de consumo y facilitando que se integrara plenamente. Las capas medias de la población y los niveles superiores de los trabajadores se adaptaron a un sistema que les ofrecía la posibilidad de poseer bienes y servicios que antes estaban reservados a los ricos.

Un aspecto importante del nuevo consumismo era que se basaba en el crédito: en la hipoteca para la adquisición de la vivienda y en la tarjeta de crédito para el consumo ordinario. Y el crédito era un factor que aseguraba la continuidad de la dependencia.

Josep Fontana, El siglo de la Revolución, págs. 376-377.

Aquí unas cuantas fotos de la semana:

(Imagen: Nighthawks. Edward Hopper by Art-Sheep, 2016).

Vanguardia

He aquí uno de esos momentos de la Historia que me habría gustado presenciar. Lo cuenta Josep Fontana en El siglo de la Revolución (Ed. Crítica, 2017).

En Zurich se podía encontrar en 1916 a los exiliados bolcheviques (que, con Lenin a la cabeza, preparaban la revolución), a James Joyce (que estaba escribiendo Ulises en medio de la mayor pobreza) y a un grupo de artistas -Hugo Ball, Hans Arp, Tristan Tzara…-, que fundaron el Cabaret Voltaire, en la misma calle en que vivía Lenin, y un movimiento que se llamaría Dadá: un movimiento de revuelta contra la sociedad existente. Pronto se dieron cuenta de que lo que hacían era también una misa de réquiem por el viejo mundo. Como diría Hugo Ball, «cada palabra que se pronuncia y se canta aquí expresa por lo menos una cosa: que está época humillante no ha logrado ganarse nuestro respeto».

Desorden moral

En estos tiempos que corren hay que leer, todo lo posible, como vía de escape al pensamiento único. O hacemos eso, o acabaremos sometidos/as a los mandatos del granhermanismo más recalcitrante y enemigo de la Humanidad.

El cuento de la criada, de la autora canadiense Margaret Atwood, se sitúa en un universo muy parecido al nuestro pero con significantes diferencias. En él un supuesto atentado yihadista a finales del siglo XX que termina con el presidente y con el gobierno sirve como justificación al ejército de los Estados Unidos –y a quienes, en la sombra, han orquestado todo– para suspender la constitución e implantar un régimen teocrático en el que la mayoría de las libertades quedan abolidas y la disensión no sólo no es permitida sino que es perseguida.

Los Estados Unidos pasan así a ser la república de Gilead, que está en guerra con grupos rebeldes, y donde se persigue a los no católicos, a los gays, y a cualquiera que pueda ser una amenaza, real o imaginada, para el régimen. Todo el mundo sospecha de todo el mundo, y nunca sabes cuando alguien puede ser un agente encubierto que te puede denunciar. Las ejecuciones públicas y la exhibición de los cadáveres de los ajusticiados como ejemplo están a la orden del día.

Pero quienes se llevan la peor parte son las mujeres, que bajo el nuevo régimen machista y misógino se ven convertidas, literalmente, en objetos propiedad de los hombres, divididas en un sistema de castas.

Más en la web de Microsiervos.

La meritocracia

«Narrar es seleccionar y es también proponer visiones del mundo. Ninguna es neutral y ninguna se limita a reflejar la realidad».

«No es que esté en contra de las becas, ahora son necesarias, pero sí estoy en desacuerdo con la ideología que hay detrás. La desigualdad se corrige creando sociedades más igualitarias en los hechos, y no alimentando la ficción de la igualdad en las supuestas oportunidades».

«Hay una frase que a mí me gusta mucho del libro, que es que el esfuerzo vale la pena para intentar hacer las cosas bien, pero no hacerlas mejor que otra persona. Es en eso en lo que se basa nuestro sistema, y lo que yo creo que hay que destruir».

Belén Gopegui, en eldiario.es, con motivo de la publicación de Quédate este día y esta noche conmigo.