Martes por la tarde, más de una hora de retraso en la consulta de mi médico de familia: reivindico su derecho a “ocupar el tiempo necesario para cada paciente, según su caso particular”, tal y como pone en una hoja junto a la puerta.

A falta de uno, le traigo dos chalazium (¿chalaziums? ¿chalaciones?…) como dos cúpulas doradas del palacio de congresos donde, a las 8 de la tarde, se celebra el acto central de la campaña de Unidas Podemos en Sevilla.

Durante la espera, escribo estas líneas y observo la paciencia de las pacientes (casi todas mujeres pacientes o mujeres que acompañan a hombres pacientes). Siempre hay alguien que se queja o suspira, siempre quien replica que prefiere entrar más tarde y recibir la atención que se merece. Es la dialéctica social.

Conclusión: Calor seco. Suero fisiológico. Colirio de tobramicina. Pomada oftálmica de hidrocortisona. Díez días de tratamiento y cita con Oftalmológía para ¡el 21 de junio!

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Días tan rápidos, tanto, de tanto estrés, que está prohibido reflexionar. No digo pensar: piensas qué vas a decir en tu próximo acto de campaña; piensas cuando vas en el coche y la voz más familiar es la de la chica que te guía en el google maps; piensas qué vas a escribir cuando tienes que corregir y ordenar los mensajes de un tríptico para las elecciones municipales; piensas, en definitiva, porque el cerebro no se para, llevas el piloto automático, casi inteligencia artificial. En esta perspectiva, pensar es consumirte, reflexionar es rebeldía.

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Una guía imprescindible para quienes seguimos empeñados en hacer de la importancia de la memoria democrática una realidad cotidiana.

Reseña de Mauricio Valiente.

La música del azar de este 2025, que me acompaña en el día a día, en casa, en el tren o en la carretera. Cada vez que algo nuevo me gusta, lo añado. Tal vez no encuentres una lista de grandes éxitos, pero no soy yo quien decide: son ellas, las canciones, quienes me eligen a mí.

Cancionero 2025 en Spotify.

«Una vez es un accidente. Dos veces es el azar. ¿Pero tres? Es el destino». Hay películas en las que no importa entenderlas, buscarles un sentido lineal o disruptivo; solo hay que verlas, se disfrutan solo por mirarlas. Siempre hay una estación del año que para en Le Pont du Nord.

Reseña de Serge Doney en Libération.