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Datos oficiales: el 22 % de la población activa de nuestro país no tiene empleo; cerca del 50 % de nuestra juventud -menores de 25 años- está sin trabajo; el desempleo femenino supera en cuatro puntos al masculino. Una buena parte de quienes sí tienen empleo, lo tienen a tiempo parcial; muchas personas trabajan, pero son subempleadas y tienen deficiente protección social. Dicen que la falta de cualificación -más del 50 % de la población asalariada- genera vulnerabilidad a la hora de acceder al -odioso concepto- mercado laboral, pero quienes sí tienen formación -la juventud mejor preparada de nuestra historia, dicen también- tampoco encuentra salida, salvo la salida al extranjero. La inversión en servicios públicos, de empleo y de bienestar social, es inferior a la media europea.

Datos objetivos: no hay cifras oficiales sobre pobreza en España. Quiero decir que no sabemos cuántas personas no comen suficiente, pasan hambre. Cáritas da una cantidad que abruma, estudios privados hablan de casi doscientas mil personas sólo en la provincia de Sevilla, el 27,8 % de la población, la Red Andaluza de Lucha contra la Exclusión Social y la Pobreza habla de más del 43 % de nuestra comunidad autónoma.

Datos subjetivos (?): Una persona sin trabajo no sólo corre riesgo de marginalidad, sino también de desvalorización en la autoestima. La depresión es la cruz de la sociedad de consumo. Y luego, la otra parte: personas que sí tienen una vida normal, pero se preguntan qué está pasando; personas como Fiona Maye, la protagonista de La ley del menor, última novela de Ian MacEwan:

«La Europa de hoy es Fiona Maye, esa funcionaria racional que cumple todas las normas, pero se siente insatisfecha consigo misma, se enfrenta a gente que no entiende y se pregunta si sus herramientas conceptuales bastarán para sobrevivir» (El provocador jubilado, Santiago Roncagliolo, en Babelia).

Dos frases de Tony Judt: «Hay algo profundamente erróneo en la forma en que vivimos hoy». «Tenemos que volver a aprender a plantearnos los interrogantes».

La única manera de avanzar es retroceder, decía Jonathan Franzen refiriéndose a los males de la novela contemporánea. Llevemos esa idea a la vida: a la política. En la modernidad, donde una imagen vale más que mil ahogados, donde olvidamos rápido por acumulación, un cerebro privilegiado, el de Stephen Hawking, afirma que el ser humano no debe temer a los robots, sino al capitalismo. Dicen que el cerebro de la gente común tiene capacidad de memoria equivalente a 6,7 millones de gigas, más que cualquier ordenador. Pero sufrimos de miopía: el hombre primitivo -la mujer primitiva- tenía una vista maravillosa porque no había construcciones y podía divisar un animal a kilómetros. En cuanto le llenaron el paisaje de estímulos, edificios y luces; en cuanto le pusieron todo lo que quería cerca, empezó a necesitar gafas. Volvamos a Tolstoi, volvamos a Marx.

(Fotografía: Acceso al centro cívico Torre del Agua, en Sevilla, donde esta tarde se ha celebrado un acto de sindicalistas por la unidad popular)

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