La liturgia

Podría reconstruir aquella habitación de mis 15 años en la planta baja de un bloque de pisos de Elcano. En la pared, tres imágenes: Marx, Beethoven, Cervantes (luego vinieron Oscar Wilde y Morrissey). Muebles austeros y oscuros, flexo de pinza color verde, dos estanterías con libros de colecciones anunciadas en televisión (oferta de lanzamiento: los dos primeros al precio de uno) y un radiocassette Sanyo gris y negro.

Me levantaba cada día a las 6 de la mañana para estudiar (mérito ninguno: nunca me acostaba más tarde de las 10 de la noche). Encendía el flexo y ponía Radio Clásica (entonces Radio 2) al mínimo volumen posible, que a esa hora tenía programas de música sacra. Cuando la luz de la calle se colaba por las láminas de la persiana, y el sonido de los pájaros era más alto que el de los coros, preparaba el desayuno para irme al instituto.

Aquella liturgia duró hasta que la universidad me cambió los horarios y las ganas de estudiar. 

Esta mirada por el retrovisor, pero con todo detalle (colores, títulos, interiores, puertas y cajones, hasta olores), la recorrí ayer escuchando Proyecto 40 con obras de Tallis en el Casino de la Exposición. Lo mejor de la música, como comunidad imaginaria, tal vez sea su capacidad para transformar la realidad, aunque sea por un momento, aunque sea sin salir realmente de ella. Creo que mi compañera Paca Sánchez sabe bien lo que quiero decir, aunque no lo sepa explicar.

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