Día Internacional de la Clase Media

Desayuno en Sevilla Este; no es Tiffany’s, la lluvia fastidia la presencia masiva en los veladores, el viernes de feria minimiza el trajín por los soportales de Emilio Lemos. Leo la columna de Isaac Rosa: es mi manera de despertar como persona cada mañana (hay quienes dicen que por la mañana “no soy persona hasta que me tomo el café”, a mí me pasa igual con la Zona Crítica de eldiario.es). Hoy, genial como siempre, escribe sobre el Día Internacional del Becario y propone un «día sin precarios», un «día sin falsos autónomos», un «día sin freelances mal pagados», un «día de no trabajar gratis», un «día de no hacer horas extra sin cobrarlas»…

A mi lado, la conversación de la clase media del barrio, la que no vive en las vpo, personas jubiladas con una pensión digna, que se preocupan de la caída de whatsapp, del hijo que tiene dos coches nuevos en el garaje y sin embargo va a todas partes en bicicleta, de si hay que darle un cachete al perro por morder las patas de los sillones, del fin de semana en las Alpujarras.

Propongo un Día Internacional de la Clase Media, o más bien un “día de las personas que se creen clase media”, personas que echan todas las horas del día trabajando a destajo y compran las ofertas del mercadona más cercano y estiran los ahorros de sus padres para pagar la hipoteca, el seguro médico de Adeslas, la peluquería canina, el coche familiar (y el pequeño para ella), entradas para un día de toros en la Maestranza, la caseta privada de la feria y las vacaciones en el piso de la playa (y el piso de la playa).

Esta buena gente, la inmensa mayoría personas normales, encantadoras con sus vecinas y vecinos, despreocupadas por lo ajeno, se merecen una fecha señalada en el calendario porque, pese a todo, viven engañadas por la liquidez de su situación “privilegiada”, por su ceguera inducida respecto a la situación de la chica de clase inferior que les cuida los hijos (o nietos), al fontanero polaco que les arregla las cañerías, al guardia de seguridad que vigila su caseta o al camarero que les sirve los cafés y las infusiones. Su mayor pecado es querer vivir bien según los cánones oficiales del sistema, no son enemigas de clase, su conciencia de clase está basada en la trastienda de la negación de clase. No son peores que tú o que yo, se parecen mucho a ti o a mí, de hecho nadie nos diferenciaría en una rueda de reconocimiento. Entre la muchedumbre, son como tú o como yo, como el mismo Isaac Rosa. Por eso, su mayor pecado es también nuestra penitencia. Esto es una provocación en toda regla.

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