El orgullo de Dulcinea

El éxito del activismo que están demostrando madres y padres del colegio Cervantes es fruto de muchos factores, todos exitosos. La situación particular de cada cual influye, evidentemente; pero el esfuerzo de la AMPA hacia el bien colectivo ha sido un motor tan, tan potente, que ha empujado a toda la comunidad educativa a no resignarse, a no conformarse con el primer pasito patrás que dio el ayuntamiento: «Nuestro colegio no se cierra. Salvemos el Cervantes» es un mensaje total, sin medias tintas, cargado de futuro, una exigencia que no se limita a las niñas y los niños que están ahora en sus aulas, ni a sus maestras y maestros. No: es una llamada a la acción para rechazar cualquier retroceso en la calidad de la educación pública, para exigir reformas y no derribos, para que haya un colegio mejor, no un colegio menos.

La AMPA Dulcinea ha movido, sin experiencia de movilización, lo que muchas veces los ‘expertos’ (sindicatos, políticos, espabilados de turno) no han conseguido en situaciones similares. Para lograrlo, se ha dotado de las mejores armas: la fuerza de voluntad, esa magnífica e infalible red social que es el boca a boca y, sin duda, la necesidad casi instintiva de lucha sin desmayo, tan propia de las madres (mayoría absoluta en esta tarea). No siempre esos atributos son garantía de éxito, pero resulta imprescindibles cuando estamos ante situaciónes donde, si no alzas la voz, el poder decide por ti sin pensar en ti.

La concentración del pasado viernes ante las puertas del ayuntamiento, coincidiendo con el pleno municipal, ha sido una pieza más de un puzzle donde el resultado es atraer para la causa a gente de dentro y de afuera, dar a conocer el problema a todo el que muestre algo de interés e, incluso, cómo tratar con respeto a moscones cuyo interés nada tiene que ver con la educación pública, sino más bien lo contrario.

¿Se lograrán todos los objetivos? No lo sabemos, pero, por lo pronto, algunas lecciones se han aprendido en el camino, incluyendo la más importante de todas: que nuestras hijas, nuestros hijos, cuando crezcan y tengan la edad de sus madres y padres, deberán saber que lucharon por un porvenir donde no hay que conformarse con lo que te venga, lo que te den, como si tus derechos fueran un regalo y no una conquista. Ya sería un éxito que se quedaran con esa magnífica enseñanza, unos valores que se aprenden en la escuela, pero que, en muchas personas, son parte del ADN de cada cual.

Por eso, venga lo que venga, pase lo que pase, ya se ha dado la mejor lección que se puede dar a quien más se quiere: tu hija, tu hijo. Sin duda sus docentes de hoy, en el Cervantes, también son parte de este premio, y Dulcinea del Toboso estaría orgullosa de leer su nombre en carteles, whatsapps y redes sociales, así que ¡enhorabuena, ánimo y adelante!
  

Enlace permanente a este artículo: http://manololay.com/el-orgullo-de-dulcinea/