Las amistad visibles.

Las amistad visibles.

Por algún disloque mental piensas en manos frías cuando vas a buscar el regalo de tu amiga invisible, igual que pones a Henry Mancini para las tareas domésticas o tu duermevela se despacha con una canción de Silvio Rodríguez («iba matando canallas con su cañón de futuro»).

Volver a los 57.

Doy la bienvenida a mi nuevo año (ya van 57) y despido a nuestro compañero Juan G. Cotán, con quien compartí tantas movilizaciones laborales y tanto compromiso político. Edades otoñales (me encanta el otoño, más ahora que el cambio climático nos lo niega), más visitas al tanatorio que a las fiestas (a mejor ver, larga vida, MacGowan), sí, pero también más condensación de emociones, más amor por las cosas futiles, ingrávidas y gentiles. He llegado a los 57 como si hubiera vuelto adonde ya sabía qué iba a encontrar.

Paciencia en los auriculares.

Es tiempo de feminismo radical, de combatir el silencio y la indiferencia, del cordón sanitario al negacionista, a la ambigua condescendencia en el lenguaje, a las bromas de hombre blanco. Celebramos cada 25N como símbolo de un fracaso del sistema.

Cave canem.

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Miedo rabia tristeza alegría.

En la plaza de mi pueblo, como en las plazas de la mayoría de los pueblos, había un casino donde cada noche gorroneaban el cura, el terrateniente, el jefe de la comandancia de la guardia civil, el juez de paz y el alcalde franquista. El cine patrio de los 80 reflejó muy bien aquella España, lo mismo que la España de hoy se parece más a la catalana Rosalía cantando por bulerías en Fibes (o, frivolidad mediante, a Piqué entre el público viendo cómo premian a Shakira), y mucho menos al espectáculo hiperbólico que dieron las derechas dentro y fuera del Congreso.