Extractando «Dígaselo con Marx»
En esta España que bosteza, cómodamente instalada en la modorra del miedo a pensar y a enfrentarse a la realidad de ahora y, sobre todo, de lo que va a llegar (jóvenes, pensionistas, enfermos, desahuciados, precarios), Carlos Marx sería un tipo bastante incómodo, incluso para los que dicen hablar en su nombre.

Arde la calle al sol de poniente: hay frases que son patrimonio intangible, como la siesta en vacaciones, la persiana bajada y el más absoluto de los silencios al otro lado del cristal, ahí abajo, en la plaza.
Leo con auriculares mientras mi hijo y sus amigos forman un trío gamer -tablet, PC, smartphone- en el salón de casa. Durante los últimos años, la banda sonora de lo cotidiano ha absorbido, de rondón, música de series de dibujos animados, primero, y de juegos digitales, después.
Dice la
Si eres de esas personas que tienen un piso alquilado a alguien, y pagas impuestos por la renta que obtienes de ese arrendamiento, debes saber que la multinacional Airbnb, que hace lo mismo que tú pero a nivel mastodóntico, tuvo 5,4 millones de clientes en 2016 y pagó en impuestos sólo 55.211 euros, es decir, a razón de un céntimo por alquiler (has leído bien: 0,01 €).
La entrevista concluye, Javier se ha reservado para el final una broma de ingenieros, como él la llama, que me dice que quiere hacer constar para siempre: «Sabes? La tesis XI sobre Feuerbach de Marx dice que los filósofos, hasta ahora, han interpretado el mundo, y lo que hay que hacer es transformarlo. Pues mi hijo escribió debajo ‘por eso mi padre es ingeniero’. Y es verdad, porque lo que me interesa es cómo se transforma, lo otro es arqueología… a mí no me interesa la arqueología, me interesa la historia por venir. No la mía, sino la del mundo, la de la especie, la de mi gente».
El cementerio de Montparnasse es el lugar perfecto