Domingo: un día cualquiera no sabes qué hora es. Intento mantener la rutina que permite seguir girando la rueda; al levantarme, los ojos bien lavados con champú para niños, alianza austera para combatir la amenaza de los chalaziums, según indicaciones del doctor-oculista-activista Alfonso Romera.
“Puedo contar una historia de ángeles, pero no sería la verdadera historia. La mía es de diablos mezclada con ángeles y un poco de mezquindad. Hay que tener algo de todo para seguir adelante en la vida”. Cuánta verdad puede haber en una frase como esta de Astor Piazzolla en su libro de memorias. Me asomo sin mascarilla a la ventana de Facebook y salgo cantando ‘ya sé que estoy piantao’, pasajero accidental del viaje de la mezquindad al odio contagioso. No doy ejemplos: tú los conoces.
Jueves: Mi querido compañero Miguel Ángel, de Lora Del Río, me pregunta si podemos hacer llegar a la Consejería de Fomento la queja de algunas enfermeras de su pueblo que van en tren al Virgen Macarena y al Rocio y que han presentado un escrito en Renfe por el tema de los nuevos horarios del cercanías.
En mi agenda de teletrabajo de hoy ha tocado ruta provincial, on the road desde el confinamiento, poniendo imagen y sonido a las calles de algunos pueblos a través de compañeros y compañeras describiendo escenarios al otro lado del teléfono.
Resulta que no necesitamos un estadio para aplaudir, que nos vale con una plaza, una calle, unas ventanas de bloque de pisos vpo, balcones o azoteas, comunismo de palmas en plena distancia social, sin distinción de sexo ni raza ni creencias ni edad… al final, cada cual aplaude desde dentro de sí con lo que le venga en gana, incluso la sirena del vehículo de emergencias que pasa, el altavoz para la ocasión sobre el pollete, entre los geranios y la planta aloe vera, la marcha de la hermandad que no hará la procesión este año, la saeta que no se agarrará a la reja, la Internacional que nunca debió olvidarse, el himno de Riego para el preoparao o el de Blas Infante o el de la legión si cabe, que a estas alturas necesitamos muchas manos pero solo un corazón, nos podemos llenar de exquisiteces pero ya sabemos que hay mucha -pero mucha- gente que se ha dado cuenta de que la sanidad pública vale un potosí que no se paga con recortes ni privatizaciones ni fake news en los grupos de whatsapp.
Miras por las ventanitas de los móviles y etiquetas las actitudes de habitación con vistas al confinamiento entre: personas que no paran de compartir mensajes; personas que se salen de los grupos por saturación; personas que aún no acaban de entender qué son los fakes y los rebotan como si no hubiera un mañana; personas que dan por buenos los propios porque son de fuentes 100% fetén; personas que juran ante el mejor de los mejores artículos que se hayan escrito y leído sobre el asunto de marras en cuestión; personas que borran todos los mensajes, fotos y vídeos que lleven la flechita de reenviado… y así.
En el ‘Libro de Manuel‘ de Cortázar he encontrado la metáfora perfecta para definir con elegancia a una persona que (pon tú el calificativo, nombre y apellidos): alguien «que espera la hora».
-¿La hora de qué?
-Ah, eso…
-Tenías razón -dijo Susana-, Andrés está esperando una hora pero vaya a saber, en todo caso no es la nuestra.
O sea: «(…) es alguien que espera una hora, pero en todo caso no es la nuestra».
Entre col y col de teletrabajo, mi contribución de estos días a la causa ha animado a mi hijo a aprender a crear un blog. En las mismas, también he aprendido a «separar la obra del artista», recuperando un artículo que escribió Paula Velasco en LaU hace unos meses, y que me devuelve a Gramsci de nuevo (siempre).