28.09.2020

Alguien que espera la hora, pero en todo caso no es la nuestra

En el ‘Libro de Manuel‘ de Cortázar he encontrado la metáfora perfecta para definir con elegancia a una persona que (pon tú el calificativo, nombre y apellidos): alguien «que espera la hora».

-¿La hora de qué?

-Ah, eso…

-Tenías razón -dijo Susana-, Andrés está esperando una hora pero vaya a saber, en todo caso no es la nuestra.

O sea: «(…) es alguien que espera una hora, pero en todo caso no es la nuestra».

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105 Cumpleaños de Cortázar

Desde el primer momento, a fines del otoño triste de 1956, en un café de París con nombre inglés, adonde él solía ir de vez en cuando a escribir en una mesa del rincón, como Jean-Paul Sartre lo hacía a trescientos metros de allí, en un cuaderno de escolar y con una pluma fuente de tinta legítima que manchaba los dedos. Yo había leído Bestiario, su primer libro de cuentos, en un hotel de lance de Barranquilla donde dormía por un peso con cincuenta centavos, entre peloteros mal pagados y putas felices, y desde la primera página me di cuenta de que aquel era un escritor como el que yo hubiera querido ser cuando fuera grande. Alguien me dijo en París que él escribía en el café Old Navy, del Boulevard Saint-Germain, y allí lo esperé varias semanas, hasta que lo vi entrar como una aparición. Era el hombre más alto que se podía imaginar, con una cara de niño perverso dentro de un interminable abrigo negro que más bien parecía la sotana de un viudo, y tenía los ojos muy separados, como los de un novillo, y tan oblicuos y diáfanos que habrían podido ser los del diablo si no hubieran estado sometidos al dominio del corazón.

Gabriel García Márquez, El argentino que se hizo querer de todos.

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La naturaleza imita al arte

Nunca retroceder, pero a veces es sano frenar un poco, sin miedo al síndrome FOMO (fear of missing out, el pánico a estar perdiéndonos algo) y consciente de que no es cierta esa ubicuidad que te atribuyen a veces, casi siempre con mucho cariño. Asumiendo la nomofobia (sic) y, en cualquier caso, que Casablanca ya está aquí y que siempre nos quedarán los grupos de WhatsApp.

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Montparnasse

En París fui al cementerio de Montparnasse, como hacen muchas personas, a saber los motivos de cada cual. Visitar los restos de alguien que ya no es nada, es decir, que en realidad no está, es una de las expresiones más propias de la naturaleza humana, de las que más tienen que ver con lo que llevamos dentro, para bien o para mal. Tal vez fetichismo, claro,  y hasta necrofilia a veces.

Montparnasse es perfecto para repasarte las clavijas emocionales, pero mi condición de turista accidental en esa ciudad, que llevo encima tan imaginaria como inabarcable, me obligó a reconocerme ante Simone de Beauvoir y Sartre, primero (están a escasos metros de la entrada) y luego, un rato más de tiempo, con Julio Cortázar, con el que he estado recorriendo todo su París durante cinco días, como quien intenta encontrar a la Maga en el Pont des Arts, el sitio perfecto para buscar lo que no existe.

Algo de razón tenía aquel personaje de una película española de los noventa, no recuerdo cuál, que dijo «París no existe, es un invento de los franceses». El (¿la?) París que visité a finales del siglo pasado tampoco existe, pero eso mismo es exactamente lo que nos pasa a las personas, así que nada de melancolías.

(Junto a Cortázar, sus dos mujeres, Carol Dunlop y Aurora Bernárdez).

Hace unos días vi en casa esta película dedicada a Beauvoir y Sartre, no sé si muy acertada en la narración de su relación más íntima, aunque dudo que eso importe hoy.