10.07.2020

La puerta que todavía podemos abrir

A pesar de Rajoy y Aznar, la excusa que más han escuchado los agentes de las fuerzas y cuerpos de seguridad desde el inicio del estado de alarma ha sido «voy a a casa de mi madre a llevarle unas pastillas». Mi hijo, en su tarea escolar de comprensión lectora, está hoy poniendo en valor el prefijo negativo “in”; ha encontrado en el diccionario unas cuantas palabras in- que podría aplicarse a aquéllos “ex”.

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Por el corredor que no tomamos, hacia las puertas que no abrimos: Josep Fontana y la función social de la Historia

Si la Historia la escriben los vencedores, el presente es el mejor de los posibles. El pensamiento dominante escribe nuestro pasado como un progreso permanente (de la ciencia, la economía…), en el que cualquier camino alternativo que se hubiera recorrido habría resultado peor al que nos ha traído hasta aquí. 

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Un debate sobre el patriotismo democrático en la izquierda

Hay muchos análisis sociológicos en torno a la idea de que lo que tradicionalmente hemos conocido como clase obrera ha cambiado sustancialmente en las últimas décadas, basados en que en esta sociedad postindustrial, las antaño nóminas de fábricas, minas y plantas siderúrgicas, han pasado a ser de supermercados, atención telefónica o camarera (de piso o de bares).

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Ramón Carande

De quien guardo una preciosa correspondencia es de don Ramón Carande, de quien me gusta recordar su respuesta a un periodista que le pedía que resumiese la historia de España en dos palabras: «Demasiados retrocesos». Nunca me dio clases, pero sí buenos consejos, y lo considero también como uno de mis maestros. En tiempos en que muchos teníamos la ilusión de que la universidad podía cambiar el día en que mudase el régimen, Carande me decía, en una carta escrita desde Extremadura en julio de 1970: «Lo único claro, me parece, es que nada debemos esperar de la universidad, incluso si expulsase ¿cuándo? a los policías, mientras imperen los docentes actuales. En lugar de ¿nuevas? universidades, sin profesores, necesitamos muchos miles de escuelas y maestros. Únicamente cuando lleguen a discurrir los españoles, discurriendo harán que se conmuevan las estructuras más reacias, y barrerán a las que ya están putrefactas». Cambió el régimen y se pudo ver que don Ramón había acertado en sus vaticinios sobre la universidad. Por otra parte, no está claro que los españoles hayan llegado realmente a discurrir. Intentó conseguirlo en su tiempo la Segunda República con su política de escuelas y maestros, y se organizó una Guerra Civil para impedirlo.

Entrevista a Josep Fontana en la revista de la FIM Nuestra Historia n° 3 (2017).

Dependencia

Herbert Marcuse teorizó en El hombre unidimensional la decadencia del potencial revolucionario en las sociedades capitalistas, donde una organización aparentemente tolerante había creado nuevas formas de control social que conseguían desmovilizar a la clase obrera, estimulando su afán de consumo y facilitando que se integrara plenamente. Las capas medias de la población y los niveles superiores de los trabajadores se adaptaron a un sistema que les ofrecía la posibilidad de poseer bienes y servicios que antes estaban reservados a los ricos.

Un aspecto importante del nuevo consumismo era que se basaba en el crédito: en la hipoteca para la adquisición de la vivienda y en la tarjeta de crédito para el consumo ordinario. Y el crédito era un factor que aseguraba la continuidad de la dependencia.

Josep Fontana, El siglo de la Revolución, págs. 376-377.

Aquí unas cuantas fotos de la semana:

(Imagen: Nighthawks. Edward Hopper by Art-Sheep, 2016).

El siglo de la Revolución

El 23 de febrero pasado The New York Times publicaba un largo artículo sobre «The Jobs Americans do» que comenzaba con este escalofriante párrafo: Olviden las imágenes de hombres con cascos de seguridad ante las verjas de las fábricas, de hombres con las caras ennegrecidas por el carbón, de hombres encaramados en lo alto de vigas de acero sobre la ciudad de Nueva York. El rostro emergente de la clase trabajadora americana es el de una mujer hispana que nunca ha puesto un pie en la fábrica. Ese ya no es el tipo de trabajo que gran parte de la clase trabajadora hace ahora. En lugar de fabricar cosas, con más frecuencia se les paga por servir a otros: por cuidar de los niños de alguien o por los padres de alguien; por limpiar la casa de otro.

Hace unos días compré y empecé a leer El siglo de la Revolución. Una historia del mundo desde 1914, recién publicada por Josep Fontana. Dicen quienes saben que Josep Fontana es uno de los grandes historiadores que tenemos, si no el que más. Rajoy no estará de acuerdo con esta afirmación, suponiendo que supiera de quién se está hablando.

En una magnífica (y afortunadamente extensa) entrevista en la revista Nuestra historia, Fontana dice que «La función del historiador no es anticipar el futuro, eso forma parte del profesional de economistas y políticos, sino la de tratar de explicar el presente a la luz de la evolución que lo ha configurado».

Un libro de historia escrito por él no pasa desapercibido. En la crítica de Babelia ya lo advertían: El siglo de la Revolución muestra «una versión alternativa del mundo en que hemos vivido, y Occidente sale francamente maltrecho del negocio». Dicho de otra manera: si nos engañan con el presente, qué no son capaces de reinventar del pasado.

En la introducción de la obra, el autor deja claro que su intención es acercarnos a interpretar el tiempo que vivimos hoy, marcado por las enormes desigualdades sociales, a partir de las causas políticas del pasado y no como mera evolución autónoma de las fuerzas económicas. Es decir, recuperando la política «como un factor histórico explicativo».

Creo que, efectivamente, sólo desde esa visión global de lo vivido podremos entender cómo hemos llegado hasta aquí y ser conscientes de que la maquinaria no se para y que, por tanto, los fines y los medios no son universales, ni en el tiempo ni en el espacio.

Por eso, El siglo de la Revolución no sólo es recomendable como aprendizaje y reflexión: también como llamada a la acción. No es poco, culturalmente hablando.