La mano invisible

Rubén Lardín (eldiario.es): Un albañil construye muros que luego derrumba, un mecánico monta y desmonta un automóvil, un mozo de almacén desplaza bultos sin utilidad aparente, una teleoperadora realiza encuestas acerca de la consideración del propio trabajo… Once individuos han sido seleccionados para realizar cada uno una tarea o más bien su parodia, pero la Leer másLa mano invisible[…]

Estamos jodidos

Salí de ver la película El bar con dos ideas atravesadas. Una, sobre los paralelismos entre la verdadera historia que nos cuenta Álex de la Iglesia y la que escribió Isaac Rosa en La habitación oscura. La otra, como consecuencia de ambas narrativas, es esta: o rompemos las costuras de esta sociedad líquida en que vivimos, o estamos irremediablemente jodidos.

Brecha

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Dos jóvenes, pero no tanto como para sonreír sin motivos, cada una con un café para llevar en la mano. Primero quitan las tapas de plástico y las tiran a la vía del andén número tres; luego mueven sus cafés con sus respectivas cucharillas (por llamarlas de alguna manera), que también son lanzadas al mismo sitio; y por último, justo antes de llegar el cercanías, los vasitos vacíos: a la vía con ellos.
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La habitación oscura

Todo aquello tenía un precio, claro. Lo ya conseguido y lo mucho que nos quedaba por conseguir tenía precio, había que echar monedas a la máquina sin tregua, y para seguir adelante algunos tuvimos que firmar otra tanda de documentos, pedir ofertas vinculantes y encargar tasaciones y negociar plazos y diferenciales y firmar escrituras y lograr avales familiares y pedir anticipos a cuenta de futuras nóminas y romper metafóricas huchas; pero el cálculo era sencillo y siempre salían las cuentas: el pequeño piso sería la semilla del piso mayor y este a su vez germinaría en la casa unifamiliar, el dinero generaba más dinero, multiplicábamos mentalmente metros cuadrados por precio actualizado y recalculábamos plazos, amortización, cuotas, años, revalorización anual, cántaros, gallinas, vacas. El precio obligaba a más: para no perder velocidad, para completar el itinerario señalado, hubo también que conquistar ascensos laborales y ganar oposiciones y aumentar ventas y repartir muchas tarjetas de visita, y salir de noche del trabajo y tomar copas y llevarnos carpetas a casa y aceptar la llave para ir un rato los sábados, y hacer méritos ante los superiores y competir con nuestros iguales y frenar el ascenso de los inferiores, y tomar analgésicos y tranquilizantes y somníferos y anfetaminas y cocaína, y levantarnos rápidamente en caso de caída y no llorar y enviar currículum y mentir en entrevistas de trabajo y empezar de cero una y otra vez para de nuevo ascender, vencer la resistencia de los superiores que nos frenaban y pasar por encima de nuestros iguales y reconquistar la colina perdida, y no fue gratis ni fácil pero a la salida nos esperaba el coche para sacar la mano por la ventanilla y la cerveza internacional al abrir la nevera y las velas en el borde de la bañera y la escapada romántica de fin de semana y la puerta blanca que se deslizaba siseando sobre el parqué. Y pese a todo, pese a lo inevitable del camino emprendido, pese a la ligereza con que parecíamos cubrir etapas como transportados en una cinta mecánica, había momentos en que el juego de contrapesos temblaba, el chasquido se volvía zumbido persistente, una pinza cerrada en el pecho, una noche sin dormir y ansiedad y miedo y la vida era esto y el cansancio de lo mucho que todavía había que pedalear y levantarse una y otra vez y no llorar y seguir subiendo y empujar y no caer al ser empujado y los lunes y los hijos y las recompensas efímeras y la fantasía de dejarlo todo y cambiar de vida ahora que estabas a tiempo y marcharte a otra ciudad, a otro país, a otro idioma y renunciar a los frutos rojos, y al viento en la visera y a la cabaña y su insoportable cielo podrido de estrellas. […]