Procrastinación

Una de las palabras que definen nuestro tiempo, casi a la par que ‘resiliencia’. Lo hablamos ayer Fran y yo, entre cervezas y repaso a las cosas del pueblo, a esa hora en que el sol se esconde y el aire urbano adquiere la textura de caldito de puchero tibio.

Hace cuatrocientos años, una petición de un funcionario español en Filipinas tardaba un año en llegar a España, suponiendo que no se perdiera el mensajero en el camino. Eso significa que la respuesta le llegaba a los dos años de haberla requerido. Hoy, la inmediatez comunicativa multiplica las preguntas, colapsan las bandejas de entrada, los whatsapp y las llamadas de teléfono. Hemos inventado compresores de información, pero no de horas para ejecutarla. 

La fotografía que encabeza este texto es de una fábrica de ladrillos de barro que hay entre Coria y Puebla del Río. El trabajo allí es rigurosamente artesanal, de paciencia, con la humildad de quien sabe manejarse sin atropellos pero sin pausa, asumiendo más horas para intentar hacerlo mejor. La idea de creación, de terminar algo que requiere su tiempo, está reñida con esta época en que un flash vale sólo si puede socializarse al instante. Quienes hemos renunciado a esa labor cortoplacista, en cualquier aspecto de la vida personal o profesional, estamos habitualmente bajo sospecha. 

Si es cierto que, según las personas expertas en medir el consumo del planeta, a este ritmo necesitamos tres mundos para mantener la especie humana, nuestra misión es asumir el trabajo de las hormigas, no como manera de parar el tiempo, sino como mecanismo para evitar el colapso y, como seres débiles que somos, la procrastinación. 

Imagina que estás en Moscú. Es noviembre, está nevando, los viejos Lada se la juegan entre los nuevos modelos de alta gama europeos, conducidos por nuevos ricos, emperifollados y horteras. Con los pies empapados y medio congelados, te refugias del frío entrando un café. 

Imagina que, al cabo de un rato, ya repuesto, quedas absorto por la música que escuchas en el interior de la estancia, a veces orquestación fina, otras chanson francesa, piano impresionista y hasta jazz; a veces, incluso, alguien canta a lo Jacques Brel, pero en ruso. Entonces preguntas a una camarera, quien responde que es “algo de los viejos tiempos”.
Cuentan que algo parecido le sucedió al británico Stephen Coates, productor y músico del grupo The Real Tuesday Weld. Gracias a un azar como ese, el compositor soviético Tariverdiev forma parte de la banda sonora de un buen puñado de mis mejores horas de los últimos meses.

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