29.07.2021

Mis encuentros con Julio Anguita

Julio Anguita y Manuel Benítez Rufo en 1994. Yo aún no los conocía.

Debía ser una madrugada de un fin de semana del verano de 1999, en Córdoba. Íbamos de vuelta al hotel y no teníamos claro el camino (entonces ni google maps ni nada); las calles estaban prácticamente desiertas y solo se veía a un par de viandantes acercándose despacio, charlando. Decidimos preguntarles. «No tiene pérdida, van ustedes bien, sigan todo recto y lo verán a unos 500 metros a la izquierda», nos dijo uno de ellos. Era Julio Anguita. Ese fue el primero, fugaz, como la mayoría. El segundo solo se hizo esperar unos días.

Al fin de semana siguiente asistí con Carlos Benítez a mi primera asamblea andaluza (como invitado) desde que me afilié a Izquierda Unida (en 1998, ya con 32 años). Fue en el hotel que se ve al filo de la A49, en Benacazón. Allí eligieron a Antonio Romero como candidato a la presidencia de la Junta de Andalucía en las elecciones de marzo de 2000. A Carlos le dijeron que Julio acababa de llegar y estaba en la cafetería, así que tiró de mí y fuimos a saludarle. Después de darse un abrazo, Carlos le preguntó: «¿Conoces a este muchacho?»; Anguita me miró y se quedó dudando («Tal vez…»), pero solo cayó en la cuenta cuando le expliqué la anécdota de la semana anterior.

La tercera fue cuando se inauguró la Plaza Alcalde Manuel Benítez Rufo en Dos Hermanas, el 16 de noviembre de 2001, dos años después del tercer accidente cardiovascular de Julio y un año y pico después de que fuera sustituido como Coordinador General de Izquierda Unida por Gaspar Llamazares. Me tocó en suerte ir a recogerlo con mi coche, no recuerdo exactamente adónde (creo que a la estación de tren). Lo único que me alcanza de nuestra conversación fue el momento en que un policía local nos paró al principio de la calle de acceso a la plaza que se iba a inaugurar. «Voy con Julio Anguita», le dije al agente, que me dejó pasar de inmediato. Al subir el cristal de la ventanilla, me comentó: «Con esa contraseña, en otro lugar te habrían dado dos hostias». De aquella inauguración tengo algunas fotos guardadas en un disco duro, algún día las subiré por aquí.

Sobre la siguiente ocasión no pongo en pie el motivo. Fue también en Dos Hermanas, caminando para cenar en un restaurante italiano. Además de Carlos Benítez y Jesús Marín, por aquel entonces concejales, creo que estaba Sebastián Martín Recio. Del resto de comensales, ¿tal vez Concha Caballero, Antonio Luis Girón, Manolo Monereo…? Me falla la memoria, solo se me han quedado grabadas las frases que intercambiamos, de camino, sobre el periodista Javier Ortiz, cuyo blog yo leía con asiduidad. Julio, machacado sin descanso por los medios del Grupo Prisa, calificó a Ortiz como «uno de los más íntegros que conozco».

Hubo un cruce anecdótico parecido a lo de Córdoba, pero en El Coronil, a mediados de un agosto de año indeterminado. Yo estaba llegando a la feria, a pie, y al cruzar una avenida Anguita se paró a mi lado, en su coche, y me preguntó dónde vivía Diego Cañamero, que en aquel tiempo era el alcalde. Más tarde, ambos intervinieron en la caseta obrera del SAT.

El día siguiente al fallecimiento de Manuel Benítez Rufo (30 de julio de 2004), volvimos a vernos en Dos Hermanas. Mantuvimos una larga charla en el salón de plenos del ayuntamiento, donde permaneció el féretro hasta su traslado al cementerio. Hablamos del «nuevo modelo de militancia de algunos partidos (en referencia a Iniciativa per Catalunya) que solo se activan para presentarse a las elecciones» y de la necesidad de evitar que las sedes de IU y del PCE «se conviertan en santuarios»; dos temas que, obviamente, dieron (y darían hoy) juego dialéctico para varias horas. También estuvo en algún momento de la conversación Felipe Alcaraz, que andaba terminando una novela de espías (enriquecida a raíz de su experiencia en la Comisión de Secretos Oficiales del Congreso de los Diputados).

Bien pensado, la mayoría de nuestras palabras, desde que lo conocí, se dijeron en mi coche, de vuelta de alguna estación… o de ida. No pongo en el calendario las que vagamente se me han quedado por imágenes puntuales (una conferencia en el 70º aniversario de la Segunda República, la electricidad de la sala se fue y él bajó del atril y siguió hablando entre el público, como un maestro en clase, a la luz de unas cuantas velas). Las demás fueron saludos (en Carmona, Madrid, la Pablo de Olavide…). Sé que siempre estuvo disponible para sus camaradas más queridos (y se encargaba de dejarlo claro cada vez que hablaba de Carlos) y que al «Julio, ¿te importa que me haga una foto contigo?» solía responder «No soy un actor». Lo que aprendimos y seguimos aprendiendo de él tiene que ver con su capacidad de explicar lo que sucede y sus consecuencias, enseñanzas que no pasan de moda porque la rueda del capitalismo gira sobre el mismo eje una y otra vez desde hace décadas, con nuevas herramientas pero igual de gatopardas que siempre. Sin embargo, por lo que más se le reconoce es por su rigurosa conexión entre sus ideas y sus hechos, una verdadera impugnación del doble lenguaje, la idea de que solo se puede enseñar a partir del ejemplo. Por lo uno y lo otro, Julio Anguita Siempre.

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