20.09.2020

Mirando hacia delante

Primero. No es mi intención reabrir debates ni heridas, ni del pasado más inmediato ni de otros más lejanos. Tampoco señalar con el dedo a nadie: ni reproches, ni expiación, ni golpes de pecho. Lo sucedido en Adelante Andalucía es una mala noticia para la izquierda y una buena noticia para la derecha; pero, sobre todo, es una mala noticia para quienes creen (creemos) que este mundo, este país y nuestra tierra andaluza necesita una profunda transformación ética, social y medioambiental, y una buena nueva para esa clase que lucha por sus eternos privilegios a costa de la inmensa mayoría, de arrasar con el planeta y de consolidar el egoísmo frente a las generaciones futuras.

Segundo. Digo esto sin confusiones ni ejercicio de buenismo: la constatación de una situación, y lamentarme por ello, no me sitúa en la equidistancia. Mi opinión sobre los hechos y sobre el recorrido de sus actores y actrices es clara, tanto como fue mi apoyo a la gestión de la confluencia (antes) y es la gestión del conflicto (ahora) por parte de la dirección (las direcciones) andaluza(s) de Izquierda Unida, siempre desde la consciencia de que casi nada es blanco ni negro, de que es más fácil opinar que actuar y de que los prejuicios y (lo que es peor) los intereses particulares (y medio colectivos) nos condicionan de la cabeza a los pies. 

Tercero. Cuando un proyecto se resquebraja, todo el mundo sufre de alguna manera. Yo diría, incluso, que ni quienes ansían su ruptura se libran de ese sufrimiento, siquiera en algunas de sus múltiples formas (frustración, por ejemplo). Más cuanto más cerca, sin duda (lo digo por experiencia, aunque vuelvo a insistir en no abrir debates ni heridas). Pero la mejor manera de asumirlo, si finalmente se consuma, consiste en evitar todo lo posible ese claroscuro en el que surgen los monstruos. Acudir al pragmatismo, en este caso que agosto sea el mes más cruel, no abril del año que viene. Que los palos que nos den no nos pillen lamiendo heridas de los conflictos del interior, sino dejándonos el aliento en el conflicto social contra las desigualdades, la pobreza, el desmantelamiento de lo público o la destrucción de los ecosistemas.

Cuarto. Durante las semanas previas al confinamiento y los encuentros por videoconferencia que hemos tenido desde entonces con asambleas y grupos de IU en toda la provincia, una de las cuestiones fundamentales sobre las que hemos debatido ha sido la necesidad de recuperar el aliento y la autoestima de nuestra militancia, no tanto por los resultados electorales en sí (ahí ha habido de todo: el mundo según) como por la convulsión y el desgaste permanente de los últimos tres años de campañas electorales una detrás de otra, los bailes de siglas y las dificultades de andar siempre en tensión por los plazos de celebración de primarias, gestión de censos, generación de equipos de trabajo, confección de candidaturas, burocracia, actos, etc. Sin esa militancia, ni Izquierda Unida, ni Unidad Popular, ni Unidos Podemos, ni Adelante Andalucía, ni Unidas Podemos, ni Adelante Dos Hermanas, Alcalá, Sevilla, etc. hubieran soportado tantos cambios de vía ni traqueteos del vagón.

Sin ese trabajo militante, de centenares de asambleas en nuestra comunidad autónoma, nuestra presencia en casi 80 entidades locales de Sevilla, hoy no contaríamos con cerca de un millar de representantes municipales en los ayuntamientos, más de 200 en nuestra provincia, incluyendo las 11 alcaldías, que tanto han luchado y luchan por sus pueblos, especialmente en estos duros tiempos de crisis sanitaria y social. Gracias a ese sobresfuerzo, nuestra militancia ha demostrado (y sigue demostrando) que nunca se puede dar todo por perdido, ni siquiera tras un portazo en la cara, ni siquiera mostrando desgarradas las investiduras, como si el último capítulo de la trama ya estuviese escrito antes del desarrollo del relato.

Lo de ‘militancia de oro’ no es un cliché: es una constatación de la realidad. Lo compruebo a diario, cada día más.

Quinto. Por eso, que lo que resulte del embrollo nos pille también persistiendo en la búsqueda de la unidad. Aunque suene a perogrullo (o modo Rajoy): antes de toda ruptura hubo un consenso para ir en común. La historia de Izquierda Unida ha sido y es ambas cosas; aunque lo común no es noticiable, ha prevalecido muchas más veces que las fracturas, incluyendo algunas reconciliaciones clamorosas (he vivido y estoy viviendo algunas muy gratificantes). Porque nunca hemos dejado de intentar la unidad, incluso a riesgo de dejarnos algún pelo en la gatera.

Sexto. Si Adelante finalmente se quebrase, no habrá sido por quienes no la han (hemos) querido quebrar. Y si Unidas Podemos es la resulta más certera de la búsqueda de confluencia política y social, persistamos en agrandarla durante todos los días del camino, como hemos hecho siempre, unas veces ganando y otras aprendiendo.

Séptimo. Que después de un sonoro portazo quede un resquicio de entendimiento, y si no puede ser en bloque, que sea en individual, en pequeños grupos no (o sí) organizados, que la confluencia no sea un truco o trato, que sea un sujeto político colectivo no excluyente, sino persistente, amable, sin sectarismos.

Octavo. Nadie se puede hacer una idea de lo difícil que me resulta explicar todo esto sin poder evitar suposiciones precocinadas. Supongo que habrá quienes digan lo mismo de mis palabras (no todo el mundo piensa de mí como mi querido Alfonso Romera). Ya pasó mucho desde que asumí que la dialéctica en estos ámbitos (y en otros, y en la mayoría, tal vez en todos, por aquello de la naturaleza humana) es huidiza a la simple honestidad del intercambio de humildes opiniones. Como lo tengo asumido, no ha mucho tiempo que me grabé la palabra ‘indulgencia’.

(Y sí: miremos a la calle, aunque sea agosto. Miremos las escuelas que quieren abrir en septiembre. El desempleo que había antes del Covid-19 y luego por el Covid-19. El desmantelamiento de la sanidad pública. La manipulación para echar a Unidas Podemos del gobierno. Todo lo cotidiano requiere todo el tiempo de la política, así que dediquemos lo necesario, pero lo justo, a resolver los asuntos internos).

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