Los gozos y las sombras

El sábado por la mañana paseamos con Marcelo por la orilla del río y visitamos el Mercado de Triana. Mientras lo llevaba de la mano, y disfrutábamos de las vistas y los olores, aún conservaba el runrún que me había dejado Nymphomaniac la noche anterior.

Recuerdo que cuando fuimos a ver Dogville, nada más comenzar la película y aparecer en pantalla “Primera Parte”, alguien del público dijo “¡Ya empezamos!”. Todos reímos, claro. Aquellas sonrisas acabaron en desasosiego, final explosivo incluido, cuando Nicole Kidman echó el telón.

Es imposible salir indiferente de una película de Lars von Trier, lo mismo que es imposible leer una entrevista suya sin que deje caer alguna frase cañón para la ética occidental. Como le sucede a Michel Houellebecq en la literatura, o a Morrissey en la música, el director de cine danés siempre deja una zancadilla dispuesta para recibir acusaciones de lo más variadas, desde nazi a misógino.

También es imposible prever lo que te vas a encontrar cuando vas a ver una película suya. Cuando fui a la última, Nymphomaniac, el abismo entre lo que me esperaba y lo que resultó al final de las casi cinco horas (en dos partes), fue tan distante como en todo lo suyo visto anteriormente. Igual me pasa con Michael Haneke, por ejemplo. En Nymphomaniac hay sexo, pero sexo como excusa para todo lo demás, un verdadero repaso retorcido a los temas trascendentales de nuestro primer mundo: la religión, el antisemitismo, los prejuicios sociales, la democracia, la libertad, la violencia, la igualdad… todo a través de un diálogo plagado de citas que, según los que saben de esto, remiten a En busca del tiempo perdido.

Cuando sales de Nymphomaniac, sales con un zarandeo del demonio, sin saber si se han quedado contigo (como opina alguna crítica), o has tenido la fortuna de haber presenciado una obra de arte (como opino yo). El arte del desasosiego.

Aún así, el paseo con Marcelo y su madre fue maravilloso.

Hay fines de semana en que te quedas en casa empapándote de la ciudad interior, de los afectos familiares y de la importancia de las pequeñas cosas, y hay otros en los que afectos y pequeñas cosas surgen de eso que en el colegio llaman “conocimiento del medio”. No hay mejor conocimiento del medio que estar con tu gran familia (esa con la que comparto la cena de nochevieja, o las fotos en el primer círculo de Google), paseando por Triana o en El día de la Marmota que ha celebrado este año Green Ufos, para sentir el efecto balsámico de desenredar todas las inquietudes de una semana.

La imagen superior es del concierto de Blacanova. Oyéndolos volví a rememorar el post anterior a este, en el que hablé de la herencia de Cocteau Twins, uno de cuyos componentes (Robin Guthrie) estuvieron en ese mismo escenario del Centro Andaluz de Arte Contemporáneo hace pocos años.

Todo no ha sido gratificante durante el fin de semana. En la presentación de la obra infantil que hicieron nuestros compañeros y compañeras de El Viso en el Teatro Vistazul, donde recogimos  comida para el pueblo saharaui, Lola se emocionó al recordar a alguien que, cada año por estas fechas, era el primero en llamarnos para hacernos llegar su aportación a la causa. Y es que ese mismo sábado, por desgracia, perdimos a Manuel Gonzalo Mateu. En el tanatorio, su hermano me aseguró que había tenido la muerte tranquila de quienes se acuestan por la noche y no despiertan. Sin embargo, sé que nunca durmió políticamente, como esos comunistas que saben que jubilarse de la lucha es morirse.

Aquí el vídeo que han hecho los camaradas del PCA de Sevilla.

Olvida el camino y la imagen del camino, / no pises el umbral / detente al pie de la escalera. / Tú eres el camino / el umbral / los escalones.  (Ivan Malinowski)