24.01.2022

La violencia indómita del siglo XX

Existe una interpretación clásica de la historia del mundo moderno que establece un “largo siglo XIX” desde la revolución francesa de 1789 hasta el comienzo de la Primera Guerra Mundial en 1914. A esa interpretación, nuestro historiador marxista Hobsbawm añade un siglo XX “corto”, que duró solo desde 1914 hasta la desintegración de la Unión Soviética en 1991. En Una violencia indómita, Julián Casanova propone una narración diferente para la centuria pasada, basándose en el análisis de toda Europa y no solo desde el enfoque “europeo-occidental”, que acostumbra a hablar de una primera mitad de siglo violenta y una segunda pacífica, ignorando, según este autor, “los diferentes procesos históricos de una amplia región de Europa Central y del Este y de los países mediterráneos”.

Desde esta visión, Una violencia indómita es un libro “sobre el siglo XX europeo, en el sentido más amplio, y no solo sobre Europa Occidental”, que, coincidiendo con maestros como Josep Fontana, cruza, encuentra y choca la historia de los grandes personajes con “historias en minúsculas de la multitud, de hombres y mujeres anónimos”, en un periodo que va desde el asesinato de la emperatriz Isabel de Baviera (1898) hasta las violaciones de mujeres musulmanas en Bosnia (1992). Y lo hace, según afirma en la Introducción del libro, partiendo de la idea de que las fuentes de la historia “son siempre fragmentarias, iluminan algunos aspectos y acontecimientos y dejan otros en la oscuridad. Estos últimos son precisamente los que los historiadores debemos buscar”. 

Villa Bleichröder, Gütergotz
«A William Gladstone, primer ministro liberal británico, le impresionó el lujo que vio en un banquete en la residencia del banquero berlinés Gerson Bleichroeder y eso que Gladstone estaba bastante acostumbrado al esplendor de la vida social de la clase alta de Londres. La mansión estaba construida con mármol y oro, y entre sus múltiples salones había una galería para músicos ‘que tocaban a Wagner,  y solo Wagner’, y varias con obras de arte».

Tres son, según Casanova, los ingredientes que contribuyeron a multiplicar exponencialmente la violencia en Europa desde finales del XIX hasta el estallido brutal en la Primera Guerra Mundial: «el nacionalismo étnico-racista, el imperialismo colonial y los conflictos de clase, agudizados por el triunfo de la revolución bolchevique y una crisis prolongada del capitalismo». El laboratorio del terror militar fue África, el continente que se repartieron las naciones europeas en la Conferencia de Berlín (1884-1885), donde los avances tecnológicos y científicos aplicados a la fabricación de armamentos y estrategias desataron una orgía de violencia que acabó con millones de vidas indígenas en exterminios provocados por los británicos en Sudáfrica, por los alemanes en Namibia y por los belgas en el Congo (donde el rey Leopoldo II causó diez millones de víctimas: «‘el horror, el horror’ narrado por Joseph Conrad en El corazón de las tinieblas«).

A partir de ahí, las semillas estaban sembradas para emerger y desarrollarse a lo largo del siglo XX, donde las víctimas civiles no dejaron de aumentar respecto de las militares; donde el fascismo utilizó la violencia para la lucha política y, también, como «elemento unificador» de su propia existencia; donde la violencia étnica, el genocidio y la violencia sexual fueron práctica común en todos los periodos y lugares.

Una crítica en condiciones de esta obra la puedes leer en el blog de Nacho Escartín, de quien he tomado también esta imagen del libro.

Una violencia indómita (Editorial Crítica, 2020) es una herramienta útil para entender el presente tomando como referencia un siglo de «cicatrices visibles u ocultas de masacre y destrucción. Un pasado hecho presente, recordado, olvidado, confrontado, reprimido». Con lo que tenemos y lo que nos pueda venir, mejor echar esa mirada atrás para procurar no repetir los mismos errores o, al menos, ser conscientes de sus consecuencias.

(Este libro es un regalo de cumpleaños que me hizo Manuel Tamajón. Regalar la posibilidad de conocimiento es siempre el mejor regalo. Gracias, camarada).