La muerte no acaba nada #NiUnaMenos

Dicen las crónicas que la llamada se realizó a las 5 de la tarde. A esa hora, mi hijo estaba patinando en el parque y yo andaba escribiendo en el blog. Un poco después, la sirena de la policía, y luego la noticia corriendo por los grupos de whatsapp, la ceremonia de la confusión y la indignación.

Y las preguntas y las respuestas, imaginar la convulsión de un barrio donde todo el mundo se conoce de algo, pensar en las hijas y los nietos, en el mazazo de aquella llamada a los oídos de la familia. Todos los crímenes son igualmente detestables, pero ninguno te atraviesa la conciencia tanto como cuando lo tienes tan cerca y todos los mensajes son clichés porque no acaban nada, no resuelven nada, te llegas a preguntar para qué el minuto de silencio ante las puertas del ayuntamiento, para qué la simbología y los hastag en las redes sociales, esa hermandad colectiva ante las cámaras de televisión que verán otros maltratadores y sus víctimas.

Cuando un asesinato machista tiene nombres y rostros cercanos, vivencias comunes que rememorar, calles y plazas donde ubicar el escenario del crimen, y comentas con tu gente lo sucedido y te das cuenta de que la muerte no acaba nada porque no impedirá que vuelva a suceder, lo único que se te ocurre es que esta carrera de obstáculos contra la percepción generalizada de que el patriarcado es lo natural, la costumbre, lo de toda la vida, exige un esfuerzo que debe ir más allá de las leyes, incluso de las mejores leyes posibles, y que sólo un cambio de costumbres, no permitir ni un paso atrás en la pedagogía de las relaciones humanas, generar sin descanso una especie de contracultura que, tal vez, no evite el instinto primario, pero sí impida, de una vez por todas, la condición de dominio, de superioridad, de sentirse dueño.

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