La huella sonora

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José Luis me contó que, días antes del incendio en el Soberao Jazz, había soñado que quitaba las placas de escayola del techo y pintaba las bovedillas de azul cielo.

Días después del incendio, soñé que José Luis estaba tocando su saxo entre las llamas del bar, como cuentan de los músicos del Titanic mientras se hundía en el mar.

La semana pasada, echando una mano, Ezequiel puso el último disco de José González. Él subido en la escalera, poniendo cables, y yo limpiando el suelo. Fue un momento que, dentro de unos años, no sabré si lo viví realmente o sólo lo soñé.

La huella de un sueño es, a veces, tan real como la de una pisada. La propia existencia y resistencia del Soberao Jazz forman parte de un sueño: su materia, su huella sonora.

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