Izquierda Unida: Defender la alegría

En los primeros días de junio -si no hay nuevas elecciones generales- se celebrará la XI Asamblea Federal de Izquierda Unida. Desde hace unos días, las diferentes ponencias presentadas para responder a la pregunta ¿Qué hacer? están publicadas, y puedes consultarlas, en: http://xi-asamblea.izquierda-unida.es/

A ese respecto, sin haber leído en profundidad ninguna de esas ponencias, he aprovechado la última semana para elaborar mi propio relato, en un documento de más de 20 páginas que no voy a publicar en su integridad, porque contiene elementos de carácter interno que, por prudencia, prefiero no compartir más que en determinados ámbitos militantes. Sólo me permito incluir aquí una parte de él, que es la que incluyo a continuación.

Izquierda Unida nació en Andalucía como movimiento político y social. Esa historia la conocemos bien: dice que el 24 de noviembre de 1984, el Comité Central del PCA puso en marcha Convocatoria por Andalucía. El llamado “Documento de las Amapolas”, que difícilmente encontraremos íntegro en Google, decía en su introducción:

“Este documento pretende ser una propuesta de debate a los sectores progresistas de la sociedad andaluza para la elaboración de un Programa de gobierno con la aportación de todos”.

Y tras enunciar los puntos básicos para la puesta en marcha de un programa alternativo, el documento concluía:

“Esta convocatoria la hacemos a todos los andaluces que apuestan por el progreso de Andalucía. La hacemos desde la necesidad de reagrupar a miles de ciudadanos que no comparten el curso de los acontecimientos y desde la ilusión de que es posible modificar esta situación. 

Hoy Andalucía exige un impulso político mayor y una fuerza capaz de hacerlo avanzar. El PCA está dispuesto a poner en tensión toda su capacidad para construir una alianza social que pueda imponer otra política.

A este compromiso llamamos a los hombres y mujeres, a los sindicatos, a los colegios profesionales y asociaciones sectoriales, a los hogares de pensionistas, al movimiento vecinal y a las cooperativas, a las asociaciones de pequeña y mediana empresa, a los colectivos ecologistas y culturales. En definitiva, a todos los que saben que el progreso y la historia la hacen los pueblos”.

Fruto de aquel esfuerzo, nace Izquierda Unida. En Andalucía, nuestros estatutos afirman que:

“Izquierda Unida es un movimiento político y social, que se conforma en una organización jurídica y políticamente soberana, cuyo objetivo es transformar gradualmente el sistema capitalista en un sistema socialista democrático, fundamentado en los principios de justicia, igualdad, solidaridad y respeto por la naturaleza y organizado conforme a un Estado social y democrático de derecho, federal y republicano”.

Por tanto, lo escribimos en el llamado Documento de las Amapolas, lo escribimos en los estatutos, lo decimos los y las militantes en cada foro en que participamos. Es cuestión de desarrollarlo con nuestros actos.

En la introducción a un libro sobre el Che, Fernández Buey calificó a Ernesto Guevara como “una persona con un concepto que tenemos que rescatar para quienes se dedican a la política, un concepto contra la admisión del doble lenguaje: el de que no debe haber distancia entre la palabra y los hechos, la idea de que sólo se puede estar en política a partir del ejemplo”.

La distancia entre la palabra y los hechos es la misma distancia entre la palabra escrita en los documentos de Izquierda Unida, desde que se fundó, y los hechos de las personas que militamos en Izquierda Unida, pongámonos todas y todos. No pretendo con esta reflexión cargar contra esa bendita mochila que tenemos, la que cargó mucha gente mayor que yo durante la clandestinidad, la que cargaron nuestros diputados y diputadas desde aquella famosa fotografía de Pasionaria bajando las escaleras del Congreso en la primera legislatura de la Transición española, ni la que siguen cargando nuestros cargos públicos, todavía hoy, desde el municipio más pequeño hasta nuestro coordinador general, Cayo Lara, nuestro compañero Alberto Garzón y nuestra compañera Sol Sánchez. Todo lo contrario: deberíamos reivindicarla con orgullo militante.

Voy más lejos aún: me remonto a 1935, cuando el VII Congreso de la Internacional Comunista promovió la creación de frentes populares junto con otras fuerzas de izquierdas. Y todavía más atrás, cuando, en las elecciones de 1933 y en la circunscripción de Málaga, el PCE obtuvo el primer diputado comunista en el parlamento de la Segunda República española dentro de un frente popular. Ya allí se descartó la consigna «clase contra clase», aquella que presuponía que la clase trabajadora como sujeto histórico se organiza únicamente en los partidos comunistas. Porque, ¿no eran acaso también clase trabajadora los campesinos y obreros que militaban y participaban en otras fuerzas políticas de izquierdas? ¿Acaso hoy, ochenta y tres años después, no está la clase fragmentada políticamente? ¿Acaso hoy no es necesario un aglutinante interclasista que se justifica de acuerdo a la emergencia de un peligro mayor? (palabras tomadas de Alberto Garzón en su introducción a un libro sobre José Díaz).

En definitiva, ¿acaso no es hoy necesaria una Izquierda Unida que persiga convertirse, aspirar, propiciar… ser ese aglutinante que se enfrente a ese peligro mayor? ¿Acaso no es hoy necesario que esa Izquierda Unida que fundamos, con sus mismas esencias ideológicas pero con capacidad de confrontar la realidad que vivimos hoy, es decir, no una Izquierda del Siglo XXI, sino una Izquierda en el Siglo XXI?

En resumidas cuentas: ¿Acaso no es posible una Izquierda Unida donde se rescate ese concepto contra la admisión del doble lenguaje, acabando con distancia entre la palabra y los hechos, estando en política sólo a partir del ejemplo?

La Izquierda Unida que nos dotamos como instrumento no está muerta: está intacta. La Izquierda Unida que fundamos no sufre una metástasis, sino más bien lo contrario: la tenemos limpia e inmaculada como proyecto político, como vehículo, herramienta para defender la alegría como una bandera y una trinchera, como mecanismo de transformación social que sólo necesita personas, organizaciones y compromiso verdadero para llevarlo a la calle y también a las instituciones, confluyendo dentro como premisa para confluir fuera. No necesita ni siquiera respiración asistida, sino aire nuevo y sano.

No hemos perdido una oportunidad, sino que tenemos una oportunidad. Una oportunidad para reivindicar el derecho al delirio que proclama Eduardo Galeano en uno de sus poemas. Para reivindicar, como reivindicó José Díaz, que nuestra tarea es crear una Organización que no sea fin sino medio para construir una sociedad sin clases y con justicia social.

Construyamos esa Izquierda Unida que plantamos en 1984, en Andalucía. Tal vez el mejor momento para plantarla fue entonces, casi treinta años atrás, pero es segundo mejor momento para hacerlo, para que germine, crezca y dé sus frutos, es ahora. Cambiemos lo que haya que cambiar, adaptemos lo que haya que adaptar, superémonos, hagamos esa revolución, que etimológicamente significa “dar una vuelta”, con generosidad y con necesidad. Y hagámoslo poniendo por delante el sentido de la responsabilidad que requiere el momento histórico, tanto para la Izquierda como para la sociedad que, cansada de que le cambien las preguntas, ya sólo espera respuestas. Que esta vez pase la pelota y también el jugador. Que, por mucho que soplemos, permanezcan las palabras y las acompañemos con hechos.

Opiniones hay para todos los gustos, incluso para disgustos. Pero esta es, según mi recorrido por las asambleas de la provincia de Sevilla, la que me ha trasladado la inmensa mayoría de nuestra gente. La que mejor conoce las inquietudes ciudadanas, la que más sufre con los problemas reales del Pueblo, la que sabe de verdad qué pasa en las calles y, siempre modesta, honesta, entregada y militante, la que sabe qué somos, quiénes somos y hacia dónde queremos y debemos ir.

Habrá personas más listas y más inteligentes, pero no hay militancia más sabia que la nuestra a la hora de hablar de lo nuestro. Esa es la verdad, y es una verdad muy grande, tan grande como triste es que no hemos aprendido todavía a escucharla.

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1 comentario

  1. En este galimatías de ideas en el que me encuentro dentro de IU, me reconforta saber que en el análisis que haces, encuentro mi espacio, nuestro espacio. Ese espacio de Izquierdas en el que creemos mucha gente y en el que algunos se empeñan en dilapidar, y aún peor, ocupar totalmente ese espacio.
    Agotamos fuerzas y energías en dilucidar cómo queremos una Sociedad mejor, pero lo que nos demanda la gente y lo que queda es la que hacemos, los hechos como tu bien dices.
    Por eso caminamos, sin pararnos mucho en el camino. Porque la utopía es eso que no hicimos todavía.
    Pero como dice Eduardo Galeano, ¿para que sirve la utopía?, para eso, sirve para caminar.
    Pues eso, cuenta conmigo para caminar a tu lado.
    Un abrazo amigo

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