Historia de un cuaderno

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Mi amigo Pedro Carrillo tenía uno como éste y me dijo dónde lo había comprado: en la papelería de la calle Sta. María Magdalena. Empecé a usarlo tarde. Lo primero que escribí en él fue provocado por una canción de Iron & Wine; yo estaba con el coche aparcado, recién llegado de una asamblea de Izquierda Unida, cerca de la medianoche, me quedé traspuesto con la canción, pensé que podría estar horas escuchándola, el guardia de seguridad me saludó desde fuera del coche.

No ha sido cuaderno de todo, ni cuaderno gris, aunque sí un poco de cada. De manera intermitente, ha servido para anotar citas, textos de libros y artículos de periódicos y revistas y, a rachas, como bitácora. Por él han pasado retales de los libros que he leído, actas de reuniones, números de teléfono y recortes de aquí y allá, fotografías y llamadas de atención, notas mentales y algún que otro pensamiento espontáneo. Cuando lo compré, mi pequeño Marcelo tenía poco más de un año, mi madre seguía viva y sana, mis amigos Juan Antonio, Justo y Concha Caballero, mi cuñado Juan Carlos seguían generando recuerdos para recordarlos hoy.

Doscientas páginas para cinco años; naturalmente, periodos en blanco que conviven con otros rabiosos y prolíficos. Parte de lo que contiene está, también, en este blog. Ahora, cuando pienso que a finales de este año voy a cumplir los 50, empiezo a darme cuenta de la plusvalía emocional que conlleva escribir sobre un papel. Este cuaderno es mi mochila, imposible deshacerme de su contenido, imposible pensarme sin él. Nada de melancolías: todo lo que escribes, lo que has escrito, te proyecta, es el futuro de tu pasado: hace casi un mes, el 10 de noviembre, empecé uno nuevo.

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