Esplendor en la hierba 

Termino de leer Malentendido en Moscú en la espera de la piscina municipal. Me pregunto cuántos libros habré empezado y acabado in itinere o en los entreactos programados. Así, a bote pronto, recuerdo una colección completa sobre Poirot en los trenes de cercanías de ida y vuelta al trabajo en la Expo 92, sólo interrumpida cuando me acompañaba en el trayecto una chica de Las Portadas que trabajaba conmigo (con la que me casé, cuatro años más tarde).

Dice Rosa Regàs en el prólogo que la obra, escrita por Simone de Beauvoir el año que nací, recoge la decepción de la escritora con la Unión Soviética de aquellos tiempos, en plena guerra fría y mal ambiente con China. Esa decepción, más propia de André (alter ego de Jean Paul Sartre en la novela), es muy relativa, más bien se limita a cuestiones geoestratégicas y, sobre todo, tiene su contrapunto en Masha, la hija rusa, crítica con la burocracia, sí, pero para nada decepcionada y mucho menos pesimista. Lo que se muestra en  Malentendido en Moscú es una historia sobre la cercanía de la vejez (y la muerte, claro), donde el paisaje ruso no sale peor parado que París o las relaciones humanas entre genios que se solapan (el de Sartre sobre el de la autora).

A veces, usamos clichés para analizar las cosas y realizamos el proceso de manera inversa: adaptamos la realidad a esa idea preconcebida, en vez de extraer la idea a partir de la realidad. También es habitual que un prólogo ensalce la obra que viene a continuación, claro, si no para qué. Rosa Regàs dice que esta pequeña novela de Simone de Beauvoir es también una pequeña joya. Estoy de acuerdo, porque he tenido la siguiente sensación al terminarla: ni una palabra de sobra, ningún pensamiento de falta.

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