Esa gente

Hay colectivos (en nuestro caso asambleas) que pueden demostrar que sí hay respuesta a aquella pregunta de aquella canción de El Último de la Fila (¿Para qué sirve una hormiga?). Son asambleas (en otros casos colectivos, plataformas, asociaciones, etc.) cuyos logros no cambian el mundo, pero sí mejoran, a veces mucho, a veces poco, pero nunca lo suficiente como para que sean valoradas como se merecen.

No tienen capacidad de ejecución, porque no mandan; no ocupan los titulares de los grandes medios, porque no los controlan; a veces, incluso, sus logros son desconocidos, incluso, por quienes lo disfrutan. 

Conozco gente que forma parte de esa especie. Son personas que militan en asambleas humildes, cuyos representantes institucionales no cobran, se esfuerzan a destajo en sus horas libres (entre comillas) y, en nuestro caso, pagan el pato por compartir saco y paraguas y etiqueta de «clase política». «Por algo están ahí», suelen decir de ellas. «Algo buscarán», «Algo se llevarán», etc. 

Estas gentes nuestras de las asambleas son, eso sí, tozudas como ellas solas. Hacen lo que pueden, lo que les dejan, con todas las trabas, cabezotas que parecen heredadas de la clandestinidad (en ocasiones lo son). Ese defecto es virtud. Por eso, sin duda, nunca han podido acabar con ellas. Para hincarles de rodillas hay que cortarles las piernas, como a los piratas de Serrat. 

(Tenía pensado hablar aquí de mi visita de hoy a la asamblea local de IU Espartinas y al final me ha salido esto. O sea, de lo que quería hablar).

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