Ergios, watios y turbinas

(Una ciudad para vivir, una ciudad para morir II, montaje fotográfico de Marisol Borrego/Pedro Carrillo, 2005)

Compras una pequeña oficina con tus ahorros de muchos años como autónomo. Firmas un contrato. Cuando la oficina se termina de construir, la promotora (Baremar) entra en barrena y lo deja todo en manos de Servihabitat, tentáculo inmobiliario de La Caixa. ¿Te suena?

Servihabitat te dice que tu oficina, al igual que el resto del edificio, se la quedó libre de cargas. Libre de cargas significa, en términos de sinvergonzonería aplicada, que de lo tuyo no saben nada. Es más: si quieres, están dispuestos a revenderte esos mismos cuarenta y pico metros que ya te vendieron en su día, y además ¡a mitad de precio!

En el ayuntamiento no saben, no contestan. Saben quién es Baremar, porque construyó la casa de Basilia Sanz; saben quién es Baremar, porque tenían una promoción de VPO en Entrenúcleos. Pero, respecto a lo tuyo, es una cuestión entre privados: o denuncias en un juzgado, o te quedas sin oficina y/o sin ahorros. En la Junta te dicen tres cuartos de lo mismo: no tienen competencias, sólo cabe la vía judicial. Pero la vía judicial te cuesta un dineral, en tasas -gracias, Gallardón- y en abogado, y cuando recuperes algo, tal vez ya no seas autónomo, sino persona inscrita en el S. A. E.

Hasta aquí el ejemplo “Es la economía / Es la democracia, estúpido”. Ahora la moraleja, en dos frases:

Julio Anguita en su último artículo de Mundo Obrero: “Va siendo hora de que, llamando a las cosas por su nombre, obviemos el sustantivo Democracia para referirnos a lo que está instaurado en España”. Páginas más adelante, Javier Navascués cita a los Electroduendes: “Ergios, watios y turbinas, ¡produzco crisis y ruinas!… y la razón nadie la adivina”.