Todo es posible en domingo

El domingo seré prudente. Me vestiré como siempre, de diario, e iré a hacer mi jornada electoral como siempre: con prudencia, con cariño militante, yendo de acá para allá, por los colegios electorales, repartiendo bocadillos y bebidas a nuestra gente, a votar… El domingo, como cualquier domingo de elecciones, pensaré en el esfuerzo de la campaña y, sobre todo, en el esfuerzo cotidiano, el que no sale en los periódicos, en ese día a día dándote de bruces con la realidad, esa realidad que acumula nombres y apellidos, que no busca votos, sino soluciones.

El domingo seré agradecido. Nunca está de más dar las gracias a quienes lo dan todo quitándose mucho: de estar con la familia, de pensar en lo suyo, pensando en lo demás, en lo que le rodea, a veces descuidando su casa y su hacienda. No dando las gracias a la vida, que ciertamente ha dado tanto, sino a quienes han dado y dan tanto en el recorrido de la vida, tanta confianza, tanto calor, calor que no produce efecto invernadero, calor humano y acogedor, ese que se comparte en los momentos difíciles y ahora sonríe y celebra y desborda, siquiera por lo que puede venir.

El domingo seré sensato. La sensatez de quienes creen en el destino y no en el azar, la sensatez de ser prudente y agradecido: recoger los tiestos del pasado para construir el futuro, no pensar en matemáticas sin ética, no plantear lo que podría llegar sin dejar de mirar la casilla de salida. La sensatez, si se quiere, de la cierta locura, de las camisas sin fuerza, porque parece mentira que hayamos llegado hasta aquí, hasta el sufrimiento ajeno, hasta la pobreza y la desesperación, sin un atisbo de revolución que echarnos a las calles, como si la apatía fuese enfermedad integral, contagiosa, crónica. La sensatez de quien dice hasta aquí hemos llegado, también.

El domingo, prudente, agradecido y sensato, lo voy a celebrar. No como fiesta de la democracia, que ni lo uno de lo otro, sino como, tal vez, el comienzo de algo que ya ha dejado de imaginarse en el aire: la sonrisa, la complicidad, la mezcla que no necesita ladrillos, beberse los abrazos como si fuesen nuevos, empezar a cambiar lo que nunca debió dejarse arrebatar, e ir más allá: cambiar el ritmo, el pulso y pasar del sentido común a la sensibilidad común. Tal vez no sea la revolución necesaria, pero será, al menos, la devolución de lo preciso, lo recortado a trazos gruesos, que no haya alternativa a quienes nos vendieron que no había alternativa.

El domingo será posible, esta vez sí. Y nada, ni nadie, debería poderlo parar; no, al menos, si seguimos unidas, unidos, apretando fuerte y desapretando, que no nos venza el vértigo, que el vértigo se transforme en impulso y el impulso, en cambio verdadero. El domingo seremos verdad. Ya tocaba, ya nos toca. Al fin.

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