Día de la Música

Con 15 años, en la antigua Estación de Atocha, mi primer viaje solo (Sevilla-Madrid-Valladolid). Un señor mayor, muy británico, destripa la situación del turismo en España. Hace más de tres décadas de eso, lo único que pongo en pie, con absoluta certeza, es que en mi cabeza estaba sonando un tema de The Police…

Conservo centenares, si no miles, momentos de mi vida con referencia sonora. Qué sería de mi adolescencia sin decenas de canciones de cantautores, ahora abandonados. Qué sería de mi carácter sin haberme aprendido -y aprehendido- de memoria las letras de Santiago Auserón o Antonio Luque. Qué sería de mi amor por el cine de Kieslowski sin la música de Preiner, qué del sexo sin Esclarecidos o Jay-Jay Johannson, qué del sentido de la existencia sin las nueve sinfonías de Beethoven aprendidas de pe a pa, de los inviernos sin The Smiths, New Order o The Duruti Column, de los veranos sin Belle and Sebastian. Qué sería del azúcar sin The Sugarcubes, de la nieve sin Tariverdiev, de Brooklyn sin Grizzly Bears, del fuego sin Arcade Fire o de la playa sin Pauline en la Playa.

Cómo habría leído Rayuela sin el jazz; cómo de revolucionario habría sido sin Shostakovich; cómo podría conocer a dios, siendo ateo practicante, sin Bach; de qué forma habría entendido la sencillez, los momentos más hermosos de lo cotidiano, sin La Buena Vida o el único disco de Family; cómo podría acordarme de la navidad del 87 en el Mamma Luna sin los fotogramas de mi amigo Pablo bailando (y mira que es difícil bailarla) Un error de apreciación de La Dama Se Esconde. Cómo podría agradecer la profundidad de las noches sin sonidos electrónicos, desde ayer Brian Eno hasta hoy Julia Holter.

Qué sería yo, en definitiva, sin Massive Attack, sin los momentos más sombríos con Joy Division, los más eufóricos sin Depeche Mode, los más íntimos sin Dominique A o Françoiz Breut. Qué sería este trozo de carne y algo de cerebro sin Debussy, sin Erik Satie y sin Philip Glass. Qué sabría yo de Malí, Turquía, Suecia o Islandia sin pensarlas con música. Como habría mantenido el tipo durante los dos últimos años sin el baño de cercanía y pseudo-realidad de Carrie & Lowell, el más hermoso tributo a un padre y una madre que se van.

Radiocassetes quemados a base de cintas arrasadas de tanto trote. Discos de vinilo rallados/rayados de tanto surcarlos. Cedés apilados en cajas por todas partes y colecciones cutres de grandes obras clásicas. Miles de copieteos en sus diferentes modalidades históricas: de cassete a cassete, de elepé a cassete, de vhs a vhs, de vhs a dvd, descargas de mp3 en ordenador, de cd a cd, a dvd… Nadie podrá negar que mis discos piratas no se han amortizado en conciertos, compras de originales y promoción de artistas. Y ahora, decenas de listas en Spotify, que me pongo para ducharme, para leer, para afeitarme, simplemente para tumbarme en la cama y hacer como que no hago nada: puro placer, escaso, pero intenso.

No es que le deba mucho a la música: es que soy, bueno o malo, por todo lo que la música me ha dejado (y deja) dentro. Celebrar el Día de la Música es una cosa nimia, sin importancia, comparado con toda la salud, la belleza y la fuerza sentimental con que es capaz de atravesarme. El piano que tenemos en casa es más humano que el 90 por ciento de los seres humanos que aparecen en los telediarios.

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