Cuento

30122016

Dime, querida, nos conocemos desde hace cuarenta años, ¿tú recuerdas si nos hemos acostado juntos alguna vez?

No, nunca.

Pues entonces… ¡lo mejor está por venir!

La Gran Belleza, Paolo Sorrentino, 2013.

 

Hace muchos años, más de treinta, sufrió una depresión. La depresión que sufrió aquel adolescente era poca cosa, pero era su poca cosa. Le diagnosticaron una especie de complejo con un nombre muy gracioso, relacionado con la dependencia emocional de sus padres, el affaire principito de Saint-Éxupery y la inmadurez Peter Pan; eso le dijeron, y le recetaron unas cuantas pastillas que le provocaron tres efectos, a saber: corrientes de agua bajo la superficie de un lago seco, inmunidad diplomática ante las adversidades y reflujos de educación judeocristiana.

Cuando se curó de la su poca cosa, los tres efectos, como tres corazones prestados, se le quedaron adheridos en la epidermis y se convirtieron en una especie de máscara. Ante tal tesitura, aquel adolescente aprendió a ser persona adulta y a combatir los asuntos exteriores (dicam quod sentio) con el misterio (que no ministerio) del interior (scribo quod sentio).

Así que empezó a escribir, y la gente empezó a preguntarse. Conforme se iba reconociendo en lo que escribía, la gente se preguntaba por la distancia entre lo que salía de sus dedos y lo que salía de su rostro, sus ojos. Cómo semejante cara de palo podía poner en un papel, o en una pantalla de un ordenador, o luego ya en un móvil, lo que no se podía ver a pecho descubierto. Atrás quedó la su pequeña cosa de la depresión adolescente, pero por delante el miedo a mostrar las corrientes profundas bajo el lago seco, la inmunidad facial y la barrera de los sentimientos, sobre todo a los hombres (no sea que digan que), sobre todo a las mujeres (no sea que digan que, peor todavía).

Más de treinta años después, aquel adolescente ha cumplido cincuenta. Cuando le preguntan, no dice, pero escribe que va aprendiendo a conocerse y a reconocerse. Ha aprendido, por ejemplo, a utilizar la sonrisa como parapeto, escudo antimisiles. Ha aprendido, por ejemplo, a poner entre líneas gracias a la vida que me ha dado tanto, pero sin ponerlo. Ha aprendido, por ejemplo, que no necesita ni pide más de lo que tiene, porque tiene todo lo que necesita, pero sin ponerlo. Ha aprendido, incluso, que hay mucha gente suya que ha aprendido incluso a conocerle, a reconocerle.

Cuando no es capaz de abrazar o besar (no sea que digan que), a veces se acuerda y luego envía un whatsapp. Cuando le preguntan, las redes sociales son su salvación, una especie de pizarra del mudo de las películas en blanco y negro, pero tecnicolor en la distancia. Cuando reconoce, porque reconoce, que se queda atrás en la comunicación expresiva, a veces hasta lo dice. Incluso, ya es valentía, hay momentos en que se atreve a (sin dejar de preguntarse, pero qué atrevimiento).

Y como no es amigo de enviar mensajes clónicos, impersonales, hay días, como hoy, cuando se va acabando el año, que le queda la educación judeocristiana de sus padres, pero ya no su padre ni su madre, que es capaz del doble tirabuzón de escribir sobre su fortuna, la de tener a la gente que tiene, la de conocer a la gente que conoce, la de decir (en genérico: tampoco hay que pasarse) cuánto quiere, ama, disfruta con la mera presencia cercana o intuida de tantas mujeres que siente tan irrenunciablemente hermosas y tantos hombres que sabe tan irremediablemente camaradas.

Y no es que no piense que esta desnudez no tenga ese qué sé yo de adónde vas; es que, ya recién cumplidos los cincuenta y sin renunciar a principitos ni peterpanes, lo más importante que le queda, gracias a ese le pese a quien le pese que van dando los años, no son ni las sedas ni los oros que no tiene, sino la convicción de que la vida no es tanto melancolía como lucidez; que no es dolor, que es belleza. Adiós 2016, feliz 2017.

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