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Estamos jodidos

Salí de ver la película El bar con dos ideas atravesadas. Una, sobre los paralelismos entre la verdadera historia que nos cuenta Álex de la Iglesia y la que escribió Isaac Rosa en La habitación oscura. La otra, como consecuencia de ambas narrativas, es esta: o rompemos las costuras de esta sociedad líquida en que vivimos, o estamos irremediablemente jodidos.

Brecha

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Dos jóvenes, pero no tanto como para sonreír sin motivos, cada una con un café para llevar en la mano. Primero quitan las tapas de plástico y las tiran a la vía del andén número tres; luego mueven sus cafés con sus respectivas cucharillas (por llamarlas de alguna manera), que también son lanzadas al mismo sitio; y por último, justo antes de llegar el cercanías, los vasitos vacíos: a la vía con ellos.
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La habitación oscura

Todo aquello tenía un precio, claro. Lo ya conseguido y lo mucho que nos quedaba por conseguir tenía precio, había que echar monedas a la máquina sin tregua, y para seguir adelante algunos tuvimos que firmar otra tanda de documentos, pedir ofertas vinculantes y encargar tasaciones y negociar plazos y diferenciales y firmar escrituras y lograr avales familiares y pedir anticipos a cuenta de futuras nóminas y romper metafóricas huchas; pero el cálculo era sencillo y siempre salían las cuentas: el pequeño piso sería la semilla del piso mayor y este a su vez germinaría en la casa unifamiliar, el dinero generaba más dinero, multiplicábamos mentalmente metros cuadrados por precio actualizado y recalculábamos plazos, amortización, cuotas, años, revalorización anual, cántaros, gallinas, vacas. El precio obligaba a más: para no perder velocidad, para completar el itinerario señalado, hubo también que conquistar ascensos laborales y ganar oposiciones y aumentar ventas y repartir muchas tarjetas de visita, y salir de noche del trabajo y tomar copas y llevarnos carpetas a casa y aceptar la llave para ir un rato los sábados, y hacer méritos ante los superiores y competir con nuestros iguales y frenar el ascenso de los inferiores, y tomar analgésicos y tranquilizantes y somníferos y anfetaminas y cocaína, y levantarnos rápidamente en caso de caída y no llorar y enviar currículum y mentir en entrevistas de trabajo y empezar de cero una y otra vez para de nuevo ascender, vencer la resistencia de los superiores que nos frenaban y pasar por encima de nuestros iguales y reconquistar la colina perdida, y no fue gratis ni fácil pero a la salida nos esperaba el coche para sacar la mano por la ventanilla y la cerveza internacional al abrir la nevera y las velas en el borde de la bañera y la escapada romántica de fin de semana y la puerta blanca que se deslizaba siseando sobre el parqué. Y pese a todo, pese a lo inevitable del camino emprendido, pese a la ligereza con que parecíamos cubrir etapas como transportados en una cinta mecánica, había momentos en que el juego de contrapesos temblaba, el chasquido se volvía zumbido persistente, una pinza cerrada en el pecho, una noche sin dormir y ansiedad y miedo y la vida era esto y el cansancio de lo mucho que todavía había que pedalear y levantarse una y otra vez y no llorar y seguir subiendo y empujar y no caer al ser empujado y los lunes y los hijos y las recompensas efímeras y la fantasía de dejarlo todo y cambiar de vida ahora que estabas a tiempo y marcharte a otra ciudad, a otro país, a otro idioma y renunciar a los frutos rojos, y al viento en la visera y a la cabaña y su insoportable cielo podrido de estrellas. Leer más

El país del miedo

 

No leo a Isaac Rosa por sus militancias. Tampoco acudo permanentemente a la literatura de Belén Gopegui porque haya estado alguna vez en la Fiesta del PCE, lo mismo que, tirando de la cuerda, no pienso que Dominique A es el cantautor más grande de estos tiempos por el hecho de escribir que “Mis padres votan a los comunistas, como todos los de la familia, y desde muy pronto no puedo concebir que sea de otro modo” (Regresar, Ed. Alpha Decay, 2013).

Lo he mencionado en alguna ocasión. Rara vez, ni siquiera cuando me toca, elijo mis libros o discos favoritos: son ellos los que me elijen, los que me modelan, los que rellenan mi morral de frases, canciones, ideas, poemas, forma de entender y de entenderme con la vida. Por eso comprendo a mi amigo Pedro L. cuando afirma no leer ninguna obra literaria que tenga menos de cien años, o no conocer ninguna cumbre musical más acá de los Stones. Aunque seguramente es una exageración, ¿por qué no? ¿Acaso no hay fondo histórico suficiente como para cubrir una vida entera de lecturas y música anterior a, por decir una fecha, 1980? ¿Acaso no hay películas en blanco y negro suficientes como para colmar la existencia de un cinéfilo?
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Son las encuestas, estúpidos

“El país del miedo es un lugar imaginario donde se haría realidad todo lo que tememos”. Es la primera frase que me encuentro del nuevo encargo en el club de lectura: El país del miedo, de Isaac Rosa.

El asunto es más viejo que el hilo negro. Hay quienes se encargan de convertir en ese lugar imaginario nuestro planeta, nuestra patria, nuestro pueblo o nuestro entorno más inmediato. La realidad, la certeza de las cosas, es lo de menos. El granhermanismo se sacude esas caspas sin miramientos.

En una entrevista concedida al diario El país, Rosa explica que “Vamos creciendo en miedos. Son acumulativos. Nos estamos convirtiendo en una sociedad gobernada por ellos. Está presente en muchas formas: miedo al terrorismo, a la delincuencia, a los pederastas; y otros relacionados con la sanidad, la alimentación, la crianza, los viajes. Vivimos en una sociedad asustada”. Leer más