Pequeño ensayo sobre el compromiso

 

Reconozco que después de salir del edificio de Vijaldoso, después de dos horas viendo grietas, humedades y chapuzas, tuve que ponerme en el coche, camino de vuelta a casa, música festiva de Belle and Sebastian para quitarme el desasosiego a guantazos.

Reconozco que la visita, acompañado por Fernando y María José, me dejó pensando en la falta de sensibilidad, en la incompetencia, en la carencia de escrúpulos de una clase política –no sólo la de aquí, lo reconozco- que anuncia siempre lo bueno y esconde lo malo, que presume de hacer viviendas para personas con pocos recursos económicos pero luego no se preocupa de que esas viviendas sean dignas, o se preocupa poco. También me demostró hasta qué punto la gente es capaz de implicarse en los problemas colectivos, sin necesidad de llevar etiquetas: el trabajo de personas como Fernando, María José o Maribel ha sido encomiable, sin montar escándalos, sin utilizaciones partidistas ni personalismos, sólo buscando soluciones.

trasteros_vijaldosoReconozco que me quedé de piedra cuando entré en los aparcamientos y vi aquél desastre. Un edificio nuevo, entregado hace unos cuantos meses, donde las paredes parecían no haber recibido una mano de pintura desde hacía varios lustros, donde los techos daban una impresión lamentable, donde el agua calaba por debajo de las puertas de los trasteros, por los muros de hormigón, por las juntas de dilatación, donde los arreglos de los desperfectos eran una pura chapuza que incumplía todas las normas habidas y por haber y convertían aquello en un lugar insano y peligroso, donde la instalación eléctrica no era capaz de sostenerse ni en el más tercermundista de los países, donde una persona minusválida no podía entrar ni salir…

Ahora, a pesar de esa mezcla de tristeza e impotencia que arrastro por no poder –o no saber, tal vez- hacer más de lo que hago, me alegro de haber estado allí, de no limitarme, como suele ser habitual en estas cosas, a “tomar nota” y utilizar el desastre de Vijaldoso como arma arrojadiza, de no querer hacer leña del árbol caído y de asumir el compromiso con ellos. Me alegro de haber ido, de haberlos conocido, de comprender el problema, de aprender de frases como “queremos que veas esto porque sabemos que el ayuntamiento ha aprobado construir más viviendas protegidas y no queremos que lo que han hecho aquí vuelva a suceder en el futuro”.

Al despedirnos, me agradecieron que perdiese mi tiempo un viernes a la hora de la siesta. Lo suyo sí es una lección de solidaridad ciudadana. Ojalá aprendiese muchas más como esa.

Si quieres ver fotografías sobre cómo está este edificio, entra en Imaginario (álbum “Fotomatona) o pulsa aquí.

 

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Lola Palacios

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