Parientes 

En marzo de 1933, tras la publicación del estado de salud de Gramsci, la presión internacional obligó al gobierno fascista italiano a trasladarlo desde la cárcel de Turi a una clínica. Parece que su fragilidad física era tal que afectaba a su cerebro.

Por aquellas fechas, aunque seguía escribiendo sus famosos Cuadernos, no fueron pocas las veces en que sus camaradas de presidio sufrieron sus crisis: 

“A menudo Gramsci estaba nervioso, irascible, incluso a veces descortés, y esto ocurría cuando no había dormido por la noche”.

El entrecomillado es de uno de aquellos camaradas del Partido Comunista Italiano, que publicó sus memorias sobre entonces a mediados de los sesenta, en la revista política cultural Rinascita, fundada por Togliatti (sucesor de Gramsci en la secretaría general del Partid). El autor, que publicó la década pasada una autobiografía titulada orgullosamente Yo, comunista, se llamaba Giovanni Lay, un artesano de la política que estuvo con Berlinguer y que seguramente fue tan pariente mío como Cristian Lay o los de las patatas. Eso sí: ya tengo un motivo potente para hacer proselitismo con mi apellido.

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