El vientre del Atlántico

A veces cae en tus manos una novela por casualidad. Me ocurrió con Tokio blues (Norwegian Wood), de Murakami, que leí por un breve comentario que hizo Leonor Watling en la web de Marlango; o con Las partículas elementales, del polémico Michel Houellebecq, que apareció reseñado en Rockdelux; o con Socorro, perdón, de Frédéric Beigbeder; o con Ravel, de Jean Echenoz… o, como en esta ocasión, con la única novela publicada por la senegalesa Fatou Diome, En un lugar del Atlántico (Le ventre de l’Atlantique, título original en francés), que he leído gracias a que un día me uní (una de esas buenas ocurrencias que tengo a veces) a un club de lectura de la Biblioteca Municipal.

El argumento de la novela tiene su gracia: En Senegal, hablar de Francia es hablar del paraíso. Madické es el más forofo seguidor del jugador italiano Maldini. La única televisión donde puede seguir a su ídolo está tan cascada que resulta casi imposible ver un partido de fútbol al completo. Asi que su hermana, que vive en el país galo, se gasta un dineral en teléfono para narrarle todo lo que Madické no puede ver. El sueño y el empeño del chico es, por supuesto, salir de su país, jugar en un equipo francés y ver algún día a Maldini, que juega en Italia, pero qué más da.

Sobre esta sencilla historia, Fatou Diome se las ingenia para tratar la inmigración sin clichés y, al mismo tiempo, sin medias tintas. Siguiendo una óptica marxista de la globalización, según la cual es más importante dar la caña y enseñar a pescar que enviar pescado, En un lugar del Atlántico tiene la valentía de dar la bofetada sin aparentar estridencia, y de dársela no sólo al opuloso-racista-xenófobo mundo occidental, sino también a determinadas costumbres que atenazan las posibilidades de emancipación del tercer mundo. Salvo en tres o cuatro páginas (208 y siguientes), en las que el chaparrón de la inmundicia humana te cala sin descanso (cuando habla del turismo sexual), el resto de las miserias éticas y sociales te llegan a pequeñas pinceladas, a pequeños sorbos, a veces entremetiendo alguna sonrisa, a veces mezclando ideas con hechos, a veces haciendo una parada para narrar la vida de los personajes que van apareciendo.

La novela se puede leer en poco más de 5 horas; de hecho, la leí casi entera en la ida y vuelta de un viaje en AVE. Tiene frescura, inteligencia y no suelta discursos explícitos, pero sí genera conciencia. El fútbol, como símbolo del éxito, es una excusa argumental para mostrar la realidad de allí, pero también puede servirnos para abarcar lo que ocurre aquí (la fama como fin, los cinco minutos de gloria…). Los actores secundarios (el profesor, la abuela, los inmigrantes retornados que “triunfaron”) son utilizados para responder a las preguntas que se van planteando a lo largo de la historia, desde por qué la narradora emigró hasta por qué no quiere que su hermano se convierta en un desecho más del capitalismo. En este sentido, como ocurre con las novelas de Saramago (salvando las distancias), lo más importante de En un lugar del Atlántico no está en las peripecias que se cuentan, sino en los mensajes que van punzando la moralidad de la persona que quiera (y sepa) captarlos. Sabiendo que lo importante es el resultado, la habilidad de Fatou Diome consiste en meter goles a base de patadas dulces, pero nada descafeinadas, en el trasero de la globalización.

 

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