El pensamiento es peligroso

(Cuando cerraron la oficina de Andalucía Orienta en la calle Lamarque de Novoa -para trasladarla a la calle Capote-, y quitaron el letrero institucional sobre la puerta, reapareció el anterior y sugerente “Control Siglo XXI”).

Ir al cine cuesta caro; así que más te vale que aciertes cuando eliges la película, que su influencia te dure -si ese es tu propósito- un buen puñado más de horas de lo que te supone mantenerte en la butaca de la sala; que, cuando salgas a la luz de la calle, el embotamiento de lo vivido en la intimidad se mantenga y minimice la existencia real, que es, al menos en mi caso, lo que te ha llevado al interior de esa otra historia por descubrir.

Fui a ver Hannah Arendt un poco antes del descalabro futbolítico de la selección ante Brasil. Y logré alcanzar con creces el cometido mal garabateado en el párrafo anterior. No es que ignore el deporte de masas, pero, después de aquel par de horas, ni siquiera me picó la curiosidad por saber lo que luego inevitablemente supe: que iba a dormir sin más ruidos que el de los coches tuneados que, como mosquitos, trazan tangentes fugaces por el Arenal.

La anestesia del biopic dedicado a la peculiar pensadora alemana perduró, y aún perdura, cosida a la genial entrevista a Santiago Auserón en la web Lecturas Sumergidas, que me encontré por azar en la red.

Tanto la película como la entrevista a Auserón meten el dedo en la llaga sobre varios de mis temas de reflexión más habituales, al menos recientemente, al menos desde que existo en este blog.

Uno de esos temas se podría resumir en esta frase, aparentemente paradójica: tengo las ideas claras porque lo cuestiono todo. (Sin rehuir a esta otra extensión: soy marxista porque pongo en cuarentena hasta el más mínimo detalle de la realidad). En boca de Arendt: No hay pensamientos peligrosos; el pensamiento es peligroso. De ahí que, en mi análisis de las relaciones humanas, me pase como a Santiago Auserón con la música, cuando afirma que “En lo que me concierne, no creo poder librarme de la necesidad de hacer canciones, tratando de vislumbrar a través de ellas lo que todavía no entiendo de la existencia y de la vida en común, que es prácticamente todo”.

Siempre renegué de estar en esto como el médico que intenta aislarse del dolor de sus pacientes. Es la famosa arena del desierto en los zapatos que, en más de una ocasión, he traído de Arendt como metáfora de implicación política. En la entrevista, Santiago Auserón me explica por qué es inevitable hacer de esponja: “Quiero verle las orejas al lobo todo el rato porque no deseo dejarme llevar por el entusiasmo lírico de que acabaremos construyendo un mañana mejor. No sé si llegaremos a construirlo. Todo indica que no, pero, sin embargo, me siento llamado a insistir en esa posibilidad”.

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