La mano invisible: Arte y Parte

El arte como actitud. Cuando hablo de generar redes, no sólo me refiero al activismo de la calle, ni a ir a todas las manifestaciones, ni a defender todas las causas difíciles. La respuesta social es un collage donde unas personas están en las mareas, otras en los tajos, algunas parando desahucios y las más educando, haciendo pedagogía en valores humanos y generando un futuro distinto desde el ámbito familiar.

Esa composición se teje también con libros, películas, canciones y exposiciones plásticas, lo mismo que dando clases en el colegio o repartiendo folletos en la plaza de abastos del pueblo. Incluso en las instituciones: no estando en venta tu conciencia, sabiendo a quién defiendes y por qué.

Esa actitud existe, sólo hay que tenerla y sumarla. La he encontrado en La mano invisible, película cooperativa dirigida por David Macián, basada en la novela homónima de Isaac Rosa. El séptimo arte provocando e invocando a la conciencia de clase donde más falta hace: convirtiendo el trabajo en un espectáculo, empujando al abismo a una limpiadora, un albañil, un mecánico, una costurera, un camarero, una montadora de piezas, un mozo de almacén o una teleoperadora, avocando a decidir entre ser peones de ajedrez o romper el tablero.

La película sólo ha tenido dos pases en Sevilla. Por suerte, en el segundo (que ha sido este jueves) ha estado el director, con quien hemos podido echar un rato de conversación al final. Él también es parte de nuestra red.

La mano invisible

Rubén Lardín (eldiario.es): Un albañil construye muros que luego derrumba, un mecánico monta y desmonta un automóvil, un mozo de almacén desplaza bultos sin utilidad aparente, una teleoperadora realiza encuestas acerca de la consideración del propio trabajo… Once individuos han sido seleccionados para realizar cada uno una tarea o más bien su parodia, pero la singularidad no termina ahí: su labor, que desempeñarán todos los días simultáneamente en el espacio diáfano de una nave industrial, contará con la presencia de un público que concurrirá a verlos trabajar, jaleando, aplaudiendo o abucheando sus procedimientos como en cualquier espectáculo deportivo.

Este viernes se estrena La mano invisible, una película cooperativa.

Estamos jodidos

Salí de ver la película El bar con dos ideas atravesadas. Una, sobre los paralelismos entre la verdadera historia que nos cuenta Álex de la Iglesia y la que escribió Isaac Rosa en La habitación oscura. La otra, como consecuencia de ambas narrativas, es esta: o rompemos las costuras de esta sociedad líquida en que vivimos, o estamos irremediablemente jodidos.

La belle saison

“¿Existe algo más desconocido que el soldado del monumento al soldado desconocido?

Sí, la mujer del soldado desconocido”. Sigue leyendo

Moon River

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Durante treinta años viví en un piso bajo de un edificio de cuatro plantas, por mi ventana pasaba la gente y nunca sabías si se miraba en el cristal o husmeaba por el interior. Ahora, en las noches de ventanas abiertas, desde la cama puedo ver las copas de las palmeras a la altura de mis ojos, y, más allá y más abajo, las farolas encendidas de la avenida Ramón y Cajal, que tantas veces recorrí camino del instituto, e incluso, a lo lejos, hundidas en la Sevilla al nivel del mar, las balizas de luz roja en lo más alto del puente del Centenario.

La imagen de esta porción de ciudad, a la hora tibia en que el pueblo se recoge, es una de esas instantáneas que permanecen en el tiempo y persigues cada verano.

En aquella habitación de estudio apuntando al piso bajo del bloque de enfrente, nunca vi a Audrey Herpburn cantando en el alféizar de su apartamento, ni siquiera llegué a imaginar que algo parecido pudiera ocurrir, así que nunca me creí George Peppard, en su papel de escritor enamorado, y mi historia de adolescente se alimentó de realismo mágico, es decir, de encontrar a personas de la vida real que no necesitan, como la amada de Serrat, lavarse cada noche con agua bendita.

Hoy, desde mi habitación con vistas, intento, o aspiro al menos, leer la vida como la escribo, y viceversa, lo que resulta todavía más doble tirabuzón. Respecto a la canción más hermosa del mundo, tal vez Moon River, me queda bien lustrosa, al cabo de los años, junto a otros cientos de momentos íntimos o compartidos y disfrutados con gente como, por ejemplo, tú.