Atando cabos

Acudí a una amiga para que me recomendase un libro de la biblioteca. Ella me pidió que leyera ‘Atando cabos’, de E. Annie Proulx y le contase si merecía la pena. Acepté la propuesta, que podría considerarse algo así como leer por encargo, pero, a diferencia de otros (en el colegio, en el instituto, en ciertas ocasiones de mi vida política), no tenía la obligación de terminarlo: si a la página 25 me parecía una patata, bastaba con cerrarlo y decirle a mi amiga “No he pasado de la página 25 porque me parece una patata” en nuestro próximo encuentro.

Lo que pasa es que no recuerdo el último libro que abandoné voluntariamente. Creo que fue ‘El amante lesbiano’, de José Luis Sampedro, hace unos diez años, y tal vez fuese una voluntariedad ocasional que hoy, probablemente, no repetiría.

Mis prejuicios no son determinantes, sino una forma de prevención. Así que, de entrada, me asaltaron los primeros prejuicios nada más coger el libro de la estantería (sección de Novela, Sig.: N PRO ata) y ver que: primero, la portada reproducía el cartel de una película norteamericana, basada en esa obra, con aspecto de ser la típica película norteamericana que a mí nunca me da por ver; segundo, The Shipping News (título original de la novela) había ganado el Premio Pulitzer en 1994, que debe ser tan de fiar como aquí el Premio Planeta; y tercero, llego a casa y busco en youtube el trailer de la versión cinematográfica y me encuentro esto (que confirma la impresión que produce el cartel).

Tener prejuicios exige, para actuar con justicia conceptual, ofrecer al menos una oportunidad. Y la oportunidad llegó cuando, antes de las primeras 25 páginas (concretamente en la 18 y 19), me topo con esta preciosa descripción humana:

Fueron amigos durante un tiempo, Quoyle, Partridge y Mercalia. Sus diferencias: Partridge, negro, pequeño, viajero incansable por las pendientes de la vida, se pasaba la noche entera hablando; Mercalia, segunda mujer de Partridge y del color de una pluma marrón sobre agua negra, una inteligencia ardiente; Quoyle, grande, blanco, dando tumbos por ahí, sin ir a ninguna parte.

Partridge veía más allá del presente, tenía rápidas visiones de los acontecimientos que iban a pasar como si unos cables sueltos del cerebro se conectaran brevemente. Partridge había nacido con un repliegue del peritoneo; a los tres años fue testigo de un rayo que bajaba dando saltos por una escalera de incendios; soñaba con pepinos la noche antes de que a su cuñado le picaran unas avispas. Estaba seguro de su buena suerte. Sabía hacer anillos de humo perfectos. Las garcetas se detenían siempre en su jardín durante sus vuelos migratorios..

¿No es maravilloso este último párrafo? Pues gracias a él, y a algunos otros detalles, avancé por las primerá parte de la novela (más o menos hasta cuando la vida del protagonista principal cambia totalmente de rumbo), mirando con recelo la forma de contar una historia demasiado cercana al telefilme de mediodía en Antena 3 (¿los siguen poniendo?).

La reseña que hace la editorial Tusquets, aparte de poner por las nubes a la autora, explica en pocas palabras el argumento de ‘Atando cabos’:

Cuando Pearl Bear muere, en compañía de su amante, en un accidente de coche, deja desnortados y abrumados a sus dos hijas y a, su marido, un pobre tipo, periodista de tercera, sin futuro ni esperanza. De modo que Quoyle, haciendo de tripas corazón, deja Nueva York y parte hacia el remoto lugar de sus antepasados, una pequeña ciudad portuaria en la desolada y brumosa costa de Terranova. Allí, rodeado de personajes tan peculiares como su arisco entorno, Quoyle se coloca en el periódico local, The Gammy Bird, especializado en historias de abusos sexuales, para dar cuenta del movimiento portuario y de los accidentes de tráfico, inventados o no. Se compra una barca, empieza a cortejar a una silenciosa viuda y, mientras el duro invierno le recluye bajo el hielo, se inicia en el arte de hacer nudos marineros, mientras va lentamente desatando aquellos otros que atormentan su alma y atando los cabos de su vida.

Es evidente que una parte importantísima de nuestra opinión sobre lo que leemos depende de la edad (no es lo mismo leer ‘Rayuela’ a los 16 que con 40), del momento emocional o del ambiente en que lo hagamos. Incluso de la forma: dedicarle a una novela un fin de semana completo es muy diferente a leer diez páginas diarias. En este caso concreto, estoy convencido de la influencia que ha ejercido sobre mí la lectura, durante unas cuantas noches de pleno verano, rozando la tibia madrugada a través de la ventana abierta del salón de casa, de una obra cuya línea de equilibrio emocional está inevitablemente vinculada a la agresividad de la naturaleza, cuyos personajes son, históricamente o por adaptación, sustancia del clima extremo de los mares helados de Terranova. Parte del atractivo que le he visto a la novela está en ese contraste: el vértigo de desear todo lo contrario de lo que se tiene o se vive.

‘Atando cabos’ se lee con facilidad, es como un buen guión, repleta de diálogos y originales metáforas. Sus capítulos, casi siempre encabezados con citas que hablan de nudos marinos (la mayoría, de ‘El libro de los nudos de Ashley’) recuerdan a una serie de televisión ambientada en un pueblo como el de ‘Doctor en Alaska’, pero en versión pesquera y melodramática; eso sí, contada con un sentido del humor que rebaja tensiones, depresiones y tristezas y, en no pocas ocasiones, te hace disfrutar durante páginas de una amplia sonrisa interior. Una mezcolanza agridulce de carreteras cortadas por la nieve, leyendas sobre antepasados, familias acostumbradas a convivir con la muerte en alta mar, tazas de té y mucha fritanga de pescado.

Recomendaría ‘Atando cabos’, más que a nadie, a quienes gustan de novelas que cuentan historias sobre personas y lugares (espero que se entienda la simpleza). Pero también a gente a la que le viene bien leer libros distintos a los que le gusta habitualmente. Y no me refiero a “intelectuales”. A mí, por ejemplo, no me tira demasiado la música country, pero hoy mismo he encontrado una canción, oyendo la radio, que ha tenido la virtud de sonar en mi momento más oportuno del día, logrando, una vez más (en la vida), que lo casual, lo no elegido, llegue y permanezca.

A mi amiga le diré esto: en ‘El libro de los nudos de Ashley’ he encontrado una frase perfecta para los prejuicios. “Todavía hay nudos antiguos que no están recogidos, y mientras haya nuevos usos de los cabos, siempre habrá nudos nuevos que descubrir”.

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