Mundo ana¿lógico?

Un descuidero te deja sin móvil y el mundo se vuelve analógico de repente. Tu agenda de trabajo, tus contactos, tus fotos, tus itinerarios, tus documentos… hasta tus ocios, música, libros digitales, vídeos, todo lo confiaste ahí, dentro de un receptáculo de 5,5 pulgadas de pura tecnología itinerante.

Llegas a la oficina y tu compañera administrativa, al enterarse, te confirma en versión práctica y expeditiva que sin ese aparatito no eres nadie: envía centenares de sms a la militancia con el mensaje “informamos que el móvil de Manolo Lay no está operativo, si queréis contactar con él: 954502630 (mañanas); cuando se solucione os lo comunicaremos. Gracias”.

Llamas a tu móvil birlado y compruebas que está apagado; llamas a tu compañía telefónica y te dice que pidas un duplicado (7 euros), que a partir de ese momento dejará de funcionar la anterior.

Llamas a tu gente más cercana, de la que sabes sus números (se podrían contar con los dedos de la mano, porque ya no tienes agenda en papel ni memoria humana entrenada para recordarlos). Todo lo que antes llevabas en papeles, ahora lo llevas en una nube, conectada a un micronoséqué, almacenado en gigas prestados por el gran Fausto punto cero.

Sales a buscar la tienda del operador más próxima. Como estás acostumbrado al Maps, tienes que utilizar el método histórico para encontrar la dirección: preguntar a la gente en la calle. Cuando consigues encontrarla, aceptas con pesadumbre la siguiente esclavitud: como tienes permanencia, debes pagar (primero) tu deuda y (después) poner el terminal nuevo en 24 cómodos plazos. “Dame uno igual o similar que tengas aquí, no puedo esperar a mañana o pasado que lo envíen”, le dices a la comercial.

Por suerte, hay uno, de color negro (“ese mismo”) y encima te regalan un palo selfie (!!!).

Después de la multa, enciendes el nuevo chisme e intentas recuperar todo lo perdido. San Google, de paso, te da varias opciones previas para fastidiar al voleur: “Haz que tu teléfono suene a todo volumen -durante 5 minutos, oiga- aunque esté silenciado. También puedes usar el Administrador de Dispositivos Android para encontrar la ubicación de tu teléfono en un mapa”. Luego continúa recomendándote que bloquees el teléfono, que vuelvas a intentar llamar… y así hasta llegar a (sonido de truenos, please):

“Te recomendamos que borres tu dispositivo. Al borrar tu dispositivo, se impedirá que otras personas vean tu contenido. Si lo haces, ten en cuenta lo siguiente:
Es posible que Google no consiga borrar completamente todas las tarjetas de memoria del dispositivo
La función Encontrar tu teléfono y el Administrador de Dispositivos Android ya no podrán localizar, hacer sonar ni bloquear el teléfono
Perderás de forma permanente el acceso a toda la información del dispositivo de la cual no hayas realizado ninguna copia de seguridad últimamente en Google
El contenido del teléfono se borrará la próxima vez que el teléfono se conecte a Internet. Si no se vuelve a conectar, no se borrará”.

Etc…

“¡Mi privacidad!”, piensas.

Dices que sí a todo, sí bwana, y empiezas a descargar esas aplicaciones que te devuelven al mundo exterior. En red (de pesca). De regreso a la sede, nuevos sms tranquilizadores (“Informamos que el móvil de Manolo Lay ya está operativo, ¡gracias!”) y recopilación de llamadas perdidas, mensajes de whatsapp, telegram, etc… hasta recuperar la normalidad arrebatada… durante algo más de una hora y media. Un tiempo precioso, a saber cuál habría sido su equivalente analógico.

Estamos locos o era necesario.

Era necesario, estamos locos. No me quejo. Como una regadera.