El siglo de la Revolución

El 23 de febrero pasado The New York Times publicaba un largo artículo sobre «The Jobs Americans do» que comenzaba con este escalofriante párrafo: Olviden las imágenes de hombres con cascos de seguridad ante las verjas de las fábricas, de hombres con las caras ennegrecidas por el carbón, de hombres encaramados en lo alto de vigas de acero sobre la ciudad de Nueva York. El rostro emergente de la clase trabajadora americana es el de una mujer hispana que nunca ha puesto un pie en la fábrica. Ese ya no es el tipo de trabajo que gran parte de la clase trabajadora hace ahora. En lugar de fabricar cosas, con más frecuencia se les paga por servir a otros: por cuidar de los niños de alguien o por los padres de alguien; por limpiar la casa de otro.

Hace unos días compré y empecé a leer El siglo de la Revolución. Una historia del mundo desde 1914, recién publicada por Josep Fontana. Dicen quienes saben que Josep Fontana es uno de los grandes historiadores que tenemos, si no el que más. Rajoy no estará de acuerdo con esta afirmación, suponiendo que supiera de quién se está hablando.

En una magnífica (y afortunadamente extensa) entrevista en la revista Nuestra historia, Fontana dice que “La función del historiador no es anticipar el futuro, eso forma parte del profesional de economistas y políticos, sino la de tratar de explicar el presente a la luz de la evolución que lo ha configurado”.

Un libro de historia escrito por él no pasa desapercibido. En la crítica de Babelia ya lo advertían: El siglo de la Revolución muestra “una versión alternativa del mundo en que hemos vivido, y Occidente sale francamente maltrecho del negocio”. Dicho de otra manera: si nos engañan con el presente, qué no son capaces de reinventar del pasado.

En la introducción de la obra, el autor deja claro que su intención es acercarnos a interpretar el tiempo que vivimos hoy, marcado por las enormes desigualdades sociales, a partir de las causas políticas del pasado y no como mera evolución autónoma de las fuerzas económicas. Es decir, recuperando la política “como un factor histórico explicativo”.

Creo que, efectivamente, sólo desde esa visión global de lo vivido podremos entender cómo hemos llegado hasta aquí y ser conscientes de que la maquinaria no se para y que, por tanto, los fines y los medios no son universales, ni en el tiempo ni en el espacio.

Por eso, El siglo de la Revolución no sólo es recomendable como aprendizaje y reflexión: también como llamada a la acción. No es poco, culturalmente hablando.