Empecé a leer el guión de ‘Madrid 1987′, de David Trueba (lo publica la editorial Anagrama), con la idea de terminarlo y ver en seguida la película, protagonizada por María Valverde y José Sacristán.
Como tengo la costumbre de tener a la vista el cuaderno cada vez que cojo un libro o pongo un dvd, cuando iba por la página 22 llevaba escrito esto:
(Página 20)
¿Así que mis gafas no son para defenderme de las miradas de los otros, sino para defender a los otros de,mi mirada? Eso me guesta. ¿Acaso no te sirven de lo mismo tus gafas? ¿Con esa pinta de Rosa León que llevas? El aspecto no es algo que nos inventamos para los demás, como creen los estilistas y los tontos, nuestro aspecto es nuestra barricada. Estamos parapetados detrás, defendiendo el rancho…
(Página 22)
La finalidad del carnet de identidad es recordarnos a todos que somos gilipollas. Gilipollas hijos de otros gilipollas, residentes en cualquier ciudad de gilipollas. ¿Hay alguien que no parezca gilipollas en su foto del canet de identidad?
Pero hete aquí que, tres páginas más adelante (de las 130 que tiene el guión), decidí no escribir más. Me doy cuenta, conforme voy leyendo los diálogos de los protagonistas en el cuarto de baño, que, de anotar todo lo interesante, habría tenido que copiar el libro entero.
Para colmo, llego a la oficina y me topo con una conversación entre mis compañeros JuanFran, Antonio Prieto y (VS) Fran Gª Parejo, que viene a rumiar el mismo asunto de la obra de Trueba: la falla generacional entre quienes sufrieron los coletazos de Franco y quienes sólo lo conocen por los libros de historia y por sus consecuencias y circunstancias posteriores, las cuales, por cierto, se encuentran de brillante actualidad (inquilinos desahuciados en 10 días, corridas de nuevo en TVE, subvenciones a colegios que separan por sexos…).
Todavía no he visto la película. Probablemente, cuando leas este post ya lo haya hecho. Pero agradezco el título. Quieras que no, vamos cerrando el círculo.
Dayna Kurtz, cantante de jazz, dice (El país, 22 de agosto) que "Es el tiempo de las grandes estrellas: Beyoncé, Lady Gaga, Christina Aguilera, Britney Spears… Me parece bien y divertido para quien le guste, pero la música pop es elemental. El problema es que lo abarcan todo, sin dejar visibilidad"
En Dos Hermanas ocurre algo similar con la (política de) visibilidad musical: antes con Román, ahora con Chari, la hipermetropía es la misma para lo mismo; y, para todo lo demás, la misma miopía y la misma ceguera. A la programación cultural de Dos Hermanas todavía no le ha llegado su democracia. Ni siquiera cuando sobraba dinero.
Viene a cuento la reflexión por lo que me escribió un histórico de este blog hace unos días:
En Dos Hermanas, los conciertos son en el auditorio Los del Rio.
En Rivas Vaciamadrid, los conciertos son en el recinto Miguel Rios.
Y, claro, en Dos Hermanas los conciertos son de copla, estilo musical cercano al de Los del Río, y en Rivas Vaciamadrid los conciertos son de rock, estilo musical del granadino Mike.
Para documentarlo, me envía enlaces a dos carteles, uno de acá y otro de allá.
Está bien que venga el ‘Se llama copla’. Está bien ‘La Fiesta del Fiesta’ (del Canal Fiesta Radio). Está bien la Gala ‘Olé al Verano’. Pero un poco de otra visibilidad, un poco de otra cosita, aunque no se llene el Auditorio Los del Río, estaría bien de vez en cuando.
Ya es mala suerte irse de vacaciones y que se averíe tu ordenador y que la gente que te lo arregla habitualmente esté de vacaciones, como tú, como es natural en esta época, como quienes tienen suerte de tener trabajo para poder desear vacaciones. Y, por tanto, no poder revisar tu correo electrónico.
Ya es buena suerte irse de vacaciones y tener la excusa perfecta para no tocar el ordenador, aunque luego vuelvas al trabajo y te encuentres centenares de correos pendientes de abrir.
Acudí a una amiga para que me recomendase un libro de la biblioteca. Ella me pidió que leyera ‘Atando cabos’, de E. Annie Proulx y le contase si merecía la pena. Acepté la propuesta, que podría considerarse algo así como leer por encargo, pero, a diferencia de otros (en el colegio, en el instituto, en ciertas ocasiones de mi vida política), no tenía la obligación de terminarlo: si a la página 25 me parecía una patata, bastaba con cerrarlo y decirle a mi amiga "No he pasado de la página 25 porque me parece una patata" en nuestro próximo encuentro.
Lo que pasa es que no recuerdo el último libro que abandoné voluntariamente. Creo que fue ‘El amante lesbiano’, de José Luis Sampedro, hace unos diez años, y tal vez fuese una voluntariedad ocasional que hoy, probablemente, no repetiría.
Mis prejuicios no son determinantes, sino una forma de prevención. Así que, de entrada, me asaltaron los primeros prejuicios nada más coger el libro de la estantería (sección de Novela, Sig.: N PRO ata) y ver que: primero, la portada reproducía el cartel de una película norteamericana, basada en esa obra, con aspecto de ser la típica película norteamericana que a mí nunca me da por ver; segundo, The Shipping News (título original de la novela) había ganado el Premio Pulitzer en 1994, que debe ser tan de fiar como aquí el Premio Planeta; y tercero, llego a casa y busco en youtube el trailer de la versión cinematográfica y me encuentro esto (que confirma la impresión que produce el cartel).
Tener prejuicios exige, para actuar con justicia conceptual, ofrecer al menos una oportunidad. Y la oportunidad llegó cuando, antes de las primeras 25 páginas (concretamente en la 18 y 19), me topo con esta preciosa descripción humana:
Fueron amigos durante un tiempo, Quoyle, Partridge y Mercalia. Sus diferencias: Partridge, negro, pequeño, viajero incansable por las pendientes de la vida, se pasaba la noche entera hablando; Mercalia, segunda mujer de Partridge y del color de una pluma marrón sobre agua negra, una inteligencia ardiente; Quoyle, grande, blanco, dando tumbos por ahí, sin ir a ninguna parte.
Partridge veía más allá del presente, tenía rápidas visiones de los acontecimientos que iban a pasar como si unos cables sueltos del cerebro se conectaran brevemente. Partridge había nacido con un repliegue del peritoneo; a los tres años fue testigo de un rayo que bajaba dando saltos por una escalera de incendios; soñaba con pepinos la noche antes de que a su cuñado le picaran unas avispas. Estaba seguro de su buena suerte. Sabía hacer anillos de humo perfectos. Las garcetas se detenían siempre en su jardín durante sus vuelos migratorios..
¿No es maravilloso este último párrafo? Pues gracias a él, y a algunos otros detalles, avancé por las primerá parte de la novela (más o menos hasta cuando la vida del protagonista principal cambia totalmente de rumbo), mirando con recelo la forma de contar una historia demasiado cercana al telefilme de mediodía en Antena 3 (¿los siguen poniendo?).
Cuando Pearl Bear muere, en compañía de su amante, en un accidente de coche, deja desnortados y abrumados a sus dos hijas y a, su marido, un pobre tipo, periodista de tercera, sin futuro ni esperanza. De modo que Quoyle, haciendo de tripas corazón, deja Nueva York y parte hacia el remoto lugar de sus antepasados, una pequeña ciudad portuaria en la desolada y brumosa costa de Terranova. Allí, rodeado de personajes tan peculiares como su arisco entorno, Quoyle se coloca en el periódico local, The Gammy Bird, especializado en historias de abusos sexuales, para dar cuenta del movimiento portuario y de los accidentes de tráfico, inventados o no. Se compra una barca, empieza a cortejar a una silenciosa viuda y, mientras el duro invierno le recluye bajo el hielo, se inicia en el arte de hacer nudos marineros, mientras va lentamente desatando aquellos otros que atormentan su alma y atando los cabos de su vida.
Es evidente que una parte importantísima de nuestra opinión sobre lo que leemos depende de la edad (no es lo mismo leer ‘Rayuela’ a los 16 que con 40), del momento emocional o del ambiente en que lo hagamos. Incluso de la forma: dedicarle a una novela un fin de semana completo es muy diferente a leer diez páginas diarias. En este caso concreto, estoy convencido de la influencia que ha ejercido sobre mí la lectura, durante unas cuantas noches de pleno verano, rozando la tibia madrugada a través de la ventana abierta del salón de casa, de una obra cuya línea de equilibrio emocional está inevitablemente vinculada a la agresividad de la naturaleza, cuyos personajes son, históricamente o por adaptación, sustancia del clima extremo de los mares helados de Terranova. Parte del atractivo que le he visto a la novela está en ese contraste: el vértigo de desear todo lo contrario de lo que se tiene o se vive.
‘Atando cabos’ se lee con facilidad, es como un buen guión, repleta de diálogos y originales metáforas. Sus capítulos, casi siempre encabezados con citas que hablan de nudos marinos (la mayoría, de ’El libro de los nudos de Ashley’) recuerdan a una serie de televisión ambientada en un pueblo como el de ‘Doctor en Alaska’, pero en versión pesquera y melodramática; eso sí, contada con un sentido del humor que rebaja tensiones, depresiones y tristezas y, en no pocas ocasiones, te hace disfrutar durante páginas de una amplia sonrisa interior. Una mezcolanza agridulce de carreteras cortadas por la nieve, leyendas sobre antepasados, familias acostumbradas a convivir con la muerte en alta mar, tazas de té y mucha fritanga de pescado.
Recomendaría ‘Atando cabos’, más que a nadie, a quienes gustan de novelas que cuentan historias sobre personas y lugares (espero que se entienda la simpleza). Pero también a gente a la que le viene bien leer libros distintos a los que le gusta habitualmente. Y no me refiero a "intelectuales". A mí, por ejemplo, no me tira demasiado la música country, pero hoy mismo he encontrado una canción, oyendo la radio, que ha tenido la virtud de sonar en mi momento más oportuno del día, logrando, una vez más (en la vida), que lo casual, lo no elegido, llegue y permanezca.
A mi amiga le diré esto: en ‘El libro de los nudos de Ashley’ he encontrado una frase perfecta para los prejuicios. "Todavía hay nudos antiguos que no están recogidos, y mientras haya nuevos usos de los cabos, siempre habrá nudos nuevos que descubir".
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Lola Palacios
@LaLolaPalacios
Soy quien soy y estoy donde estoy para cambiar esta sociedad y este mundo... sin mas marcos que los que yo me pongo... no me encuadres, que te puedes equivocar! http://unquipusdelibros.blogspot.com
@FranGParejo
Alguien normal que se mete en demasiadas cosas a la vez, además soy concejal de Izquierda Unida en el Ayuntamiento de Dos Hermanas
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