Forma parte de la condición humana que cuando algo nos afecta personalmente lo convertimos en preocupación social. Y lo contrario también sucede: si vivimos estupendamente, el desencanto ajeno nos es relativo. Esto no quiere decir que estemos desactivados ante asuntos que no nos quitan el sueño, porque también es condición humana la (mayor o menor, según quién) preocupación por lo que le ocurre a los demás. Por eso, por lo menos muchos y muchas que conozco, estamos en política.
Hace unos días apareció en prensa una noticia sobre la resolución judicial de una denuncia al constructor de una promoción de viviendas que se iba a levantar junto a nuestra sede. La sentencia, que sólo conozco por la prensa, ha fallado a favor del constructor; el terreno en cuestión, donde ni siquiera se echó abajo el muro antiguo de la finca, ha pasado a formar parte del -cada vez más extenso- catálogo de solares de futuro incierto de la ciudad; y los propietarios demandantes, además de tener que pagar las costas del juicio, se han quedado sin vivienda, sin garaje y sin dinero.
Si hicieran una encuesta a estas personas, el problema de la vivienda debe figurar en el primer puesto de su particular lista de preocupaciones. Lo mismo sucedería con l@s indignad@s del 15-M, en su mayoría jóvenes, una buena parte sin trabajo, alguno a las puertas de un desahucio… Si esa misma encuesta se hicieran a los diputados y diputadas que han estado debatiendo sobre el estado de la nación en el Congreso, dirían lo mismo: el desempleo, el problema de la vivienda, etc. Pero ninguno de esos diputados y diputadas sufren esos problemas y, por tanto, atajarlos se convierte en una cuestión propia de sus trabajos y no en un verdadero sufrimiento personal. Y, en sus trabajos, lo que tienen más a mano no son los gritos de las plazas (muchos sólo los oyen por televisión), sino los contactos cotidianos con los especuladólares, entre los que se encuentran promotores y banqueros propietarios de, por ejemplo, el millón de viviendas vacías que hay en España y de los 150.000 millones de euros de deuda privada por la que se pagan intereses cada día sin aportar rentabilidad social ni económica.
Ese divorcio o, como poco, desfase entre la necesidad social y la acción política no es sólo una cuestión de dificultad práctica a la hora de deshacer entuertos (típica frase: "sabemos que hay un problema, pero su solución requiere tiempo y estamos haciendo todo lo posible y blabla"). Cuando se dice que la prioridad es reducir el déficit público, se está torciendo el gesto en favor de "los mercados" y en contra de la democracia real. Cuando no se regulan los beneficios sobre las transacciones financieras, o se retrasa eternamente la tasa Tobin, mientras que sí se regulan los tijeretazos sociales a toda velocidad para evitar ataques a "la prima de riesgo", se está afianzando la mano que tiene la sartén por el mango, esa mano invisible colectiva de los 30.000 ricos que viven en nuestro país. Cuando las deudas hipotecarias no se saldan con -algo tan poco revolucionario como- la dación en pago, se está sosteniendo que la injusticia social es la Ley.
No quiero decir con esto que todo sea solucionable de inmediato, ni que a nuestro alcalde le preocupe menos que a mí cada desahucio que se practique en Dos Hermanas. Sin duda hay gente que piensa que en Izquierda Unida somos de la misma calaña y que yo tampoco me preocupo de nada y que soy igual que el resto. Pero sí digo que ciertas dificultades reales de la gente de la calle sólo parecen entrar en los discursos y no en las agendas y las prioridades municipales, y que esa misma gente se pregunta por qué esto es así y, en demasiadas ocasiones, la respuesta es que quienes tienen que afrontarlas, desde su gestión política, no las sufren en primera persona.
Se me puede acusar de hacer demagogia, claro. Pero son ya demasiados los ejemplos que puedo poner. En algunos, ni siquiera se ha producido un gesto, un detalle que, al menos, justifique la correspondencia lógica entre la propuesta y la acción política. Un botón de muestra: hasta la fecha no se ha movido un dedo para cumplir lo que se aprobó en el pleno de febrero de este año, cuando todos los grupos se unieron a una moción nuestra en la que se decía expresamente que "este Excmo. Ayuntamiento se compromete a estudiar las medidas a emprender a nivel municipal para paralizar los desahucios, creando una comisión especial mixta en la que participen representantes del pleno municipal y de las asociaciones vecinales y otras organizaciones sociales conocedoras de la problemática. El objetivo principal de dicha comisión será buscar alternativas que eviten los desahucios por motivos económicos. En los casos que no sea posible, garantizar el realojo digno de las familias afectadas".
El debate es este: si queremos cambiar la opinión que se tiene de la política, habrá que cambiar la forma de hacer política desde abajo hasta arriba. Lo contrario es maquillaje, sombra aquí y sombra allá. La crisis mundial ha puesto en evidencia otra crisis ideológica muy grande, la de las recetas de la izquierda. Y no escurro el bulto: algo falla cuando la socialdemocracia gobierna como la derecha, pero también fallamos en algo quienes sólo hemos recogido la confianza de una mínima parte del descontento social hacia esa socialdemocracia. Por eso me preocupa poco que haya indignados/as que nos miren de reojo en los foros y las asambleas a las que acudimos, y me preocupa mucho que sus propuestas, bastante de las cuales compartimos, caigan en el saco roto del neoliberalismo salvaje y acaben, una vez más, durmiendo el sueño de Fukuyama.