A las ocho y media de la tarde estaré en la sede de Comisiones Obreras. A partir de esa hora, me pondré a disposición del sindicato para lo que me echen, para acompañar a quien me digan, para participar en el piquete que me manden. Como la última vez, allá por 2002, cenaré bocadillo y pasearé por las calles y las fábricas, pasaré la noche en vela, y echaré de menos el despertar de Marcelo a las 4,30 de la madrugada, el biberón al amanecer, su visita festiva al ayuntamiento sobre las 10 de la mañana. Dormiré menos y él no sabrá que, entre otros motivos, lo haré también por la parte que le toca, por su futuro, porque no viva peor que yo, porque la suya no sea una generación de gente muy preparada convertida en carne de hamburguesería social.
Como en la huelga contra la política regresiva de Aznar, también estaré con la misma vara de medir frente a la política regresiva de Zapatero. Acierte o me equivoque, seguiré haciendo lo mismo de entonces, por los mismos motivos, que ya otros hicieron distinto de lo que van a hacer esta vez. Y sé que no me dejarán estar en todo el meollo, que me cuidarán, que evitarán mi presencia en lugares de posibles conflictos; que, si acaso, me permitirán acompañarlos bajo el fresco de la noche, hablando de esto y lo otro y lo de más allá en el camino. Y durante el día, la vista cansada por las horas en vela, sabré que he cumplido con mi obligación lo mejor que he podido, y me sentiré partícipe de una jornada, buena o mala, según se mire, pero una jornada en la que conciliar lo que pienso con lo que hago. Y no será un premio, sino una necesidad.