Leonor Watling protegía a mi gato de los disparos de Tom Waits. Juro que es cierto, y que el salón de mi casa estaría ahora como los pasillos del hotel de El Resplandor de no ser porque el viejo había llegado borracho y lo único que logró cargarse fue la cabeza de Alain Delon en mi disco de The Smiths.
- A fin de cuentas ya estaba muerto, me dijo Tom cuando volvió en sí, mientras Christina Rosenvinge salía del cuarto de baño con mi cepillo de dientes y preguntando qué pasaba con tanto alboroto.
- Nada, dijo mi gato, que éste ya no sabe dónde encontrar la inspiración para sus canciones.
- Podrías haberme ahorrado el trabajo, apuntó Ian Curtis, que estaba desayunando con los padres de Gail, la chica guapa de Trainspotting.
- ¿Otra vez con el cepillo de dientes de éste? dijo Ray Loriga, aún nervioso por algunas respuestas inesperadas de su mujer en un programa de televisión de hacía un año. "Éste", obviamente, era yo. Ray me trataba así desde que le dije que cada vez se parecía más a Antonio Vega.
Eran las siete menos cuarto y el cuarto de baño seguía ocupado y mi salón era una especie de escenario donde sólo faltaba el enano del final de Twin Peaks. Tom Waits, enchufado a la botellita de whisky que me regalaron en la boda de Pedro y Rocío, se estaba quedando dormido en el sofá mientras intentaba encontrar su megáfono, sin éxito.
- No le digas que se lo llevó Einar, me susurró Juliette Binoche, que venía de la cocina con una bandeja llena de croissantes y crêpes. Ella fue, comme d’habitude, la única que me dio un beso de buenos días en medio de aquella locura.
- ¿Einar, quién es Einar? le pregunté.
- Es el loco ese que vociferaba con la Björk en The Sugarcubes, respondió Leonor, sin dejar de acurrucarse a mi gato.
- ¿Y qué hace él aquí, si se puede saber? interrumpió el enano de Twin Peaks, que apareció de repente por el simple hecho de que yo no dijese más que era lo único que faltaba para completar el cuadro.
- Quién sabe, tal vez buscara al quinto beattle para un suicido colectivo, bromeó Ian Curtis.
- Shhhh… no habléis tan alto, que Tom se va a despertar, volvió a susurrar Juliette.
- ¿Y quién está en el aseo? pregunté en voz baja. Que yo soy el único que entra a trabajar a las ocho.
- No sé, mi amor, me dijo Gail bostezando ante la mirada indiferente de sus padres, enfrascados con Curtis en una tesis acerca de cómo los New Order pasaron de Atmosphere a flirtear con Pet Shop Boys y Johnny Marr en Electronic.
- ¿Tienes sueño, Gail? pregunté a la escocesa, que aún seguía siendo menor de edad.
- Sí, respondió, ¿te importa que me acueste en tu cama, si está libre?
- Sin problemas, le dije, pero ¿por qué no iba a estarlo?
- No sé, vamos a ver…
Caminamos los dos hacia mi cuarto, ella se echó en un extremo y miró el reloj de la mesita de noche.
- Son las siete, ¿a qué hora te vas?
- Entro a las ocho, ¿por qué?
- Tienes tiempo, hombre, y el baño está ocupado, así que túmbate un ratito a mi lado.
Acepto a regañadientes (pura pose) y pongo la cabeza sobre la almohada hasta que un instante después, sólo un instante después, Najwa Nimri me toca el brazo y me dice: "Abre los ojos".
…
Juliette Binoche decidió ponerse el cuerpo de jamona que lució en Caché para fregar los platos. El enano de Twin Peaks, montado en el típico taburete de cocina, los fue secando y colocando en su sitio, mientras le iba dando conversación a my french kiss acerca de la cantidad de batidos de chocolate que se inyectaba David Lynch a diario.
- Yo le cogí manía al chocolate desde que hice aquella película con el pirata, dijo ella.
- No menciones el chocolate, que vas a despertar a Tom Waits, dijo el hombrecillo.
Mientras tanto, mi gato había encontrado el megáfono debajo de la cama donde dormía placidamente Gail, que soñaba con ser mayor de edad y largarse de Trainspotting a otra movie donde sus padres no estuvieran siempre desayunando con canciones de New Order. Pero para sueños ridículos, el del megáfono creyéndose ser la grabadora del agente Cooper, pensó mi gato en el preciso instante en que Najwa Ninri salió del cuarto de baño tal como vino al mundo.
- Esta siempre igual, joder, se quejó Penélope Cruz, que acababa de desembarcar en la casa para despertarme y que, una vez más, comprobó que había vuelto a llegar más tarde que la chica de la voz rasgada.
- Y qué culpa tendrá ella, si tu amo prefiere a la otra como despertador antes que a la novia del enano de Twin Peaks, se preguntó el megáfono.
- Que no te enteras, que el Cruise nunca ha trabajado para David Lynch, maulló mi gato, con tan mala fortuna que sus palabras sonaron en todo el edificio, porque el megáfono había olvidado desconectarse después de hablar.
- Buena la has liado, seguro que Tom se ha despertado.
- ¿Tom Cruise? preguntó Gail, que abrió los ojos de sopetón. ¿Dónde?
- Mira la otra, dijo el megáfono.
Efectivamente, Tom Waits apareció inmediatamente por el dormitorio, vio a Gail medio desnuda sobre la cama y a su megáfono agazapado detrás de mi gato.
- ¡Oye, que soy menor de edad! dijo la chica nada más leer los ojos lascivos del viejo strangecrooner.
- Mejor, dijo Waits, así el delito es aún más grave…
…
- Que Diane se haya pasado toda la película creyéndose que hacía también el papel de Gail es cosa suya, no nuestra, dijeron al unísono sus padres. Ya le advertimos que dejase las drogas y que bailar música de Damon Albarn tendría consecuencias esquizofrénicas…
- Dejadla. Christina lleva años creyéndose Nico y tampoco le ha ido tan mal, dijo Ray Loriga.
Estaban en el parque de abajo, aprovechando el sol primaveral del invieron. Juliette Binoche se había puesto el vestido floreado de Alice et Martin para entretener a mi gato y al megáfono en los balancines. Penélope Cruise, sentada en un banco con su culo postizo de Volver, vigilaba de reojo (o de re-oído) el diálogo de Najwa con Ian, mientras Tom Waits no paraba de cantarle Hoist That Rag a su entrepierna (después del gatillazo con Diana Gail) y el enano de Twin Peaks escribía una carta a su primo, el de la Orquesta Mondragón.
- ¿"Escuálido" se escribe con o sin acento? dijo el hombrecillo.
- ¿No le estarás hablando a tu primo de mí, no? preguntó Ray, aún molesto por algunas respuestas de su ex mujer en un programa de televisión del año pasado. Él es así de rencoroso, sobre todo desde que perdió la inspiración y se dedicó a ir al Bernabeu.
- Yo sólo sé que "murciélago" es la única palabra del diccionario en lengua castellana que tiene todas las vocales, dijo Lucía Etxebarría, intentando colarse por el blue monday como fuera o fuese.
- Qué mañana tan apacible… seguro que llega alguien y la jode, dijo Ian Curtis a Najwa Nimri.
- Sí, hay una atmósfera muy particular, respondió ella, guiñándole un ojo al chico pálido de Manchester.
- ¿Sabes? no dejo de pensar en qué hubiera suicidado si no me hubiera sucedido…
- Querrás decir al revés/vesre.
- Bueno, sí, es que esto de usar el traductor del google no siempre va bien…
La Nimri empezó a jugar con su pelo largo de Walkabout, pensando que si Christina Rosenvinge se hubiera suicidado a la misma edad que el de Joy Division, ahora sería recordada por el hago chas y aparezco a tu lado.
- Míralo de este modo -dijo ella al fin- tú tuviste suerte. Tu mujer no te vendió como la Yoko Ono…
- Desde luego. O como la del tipo ese del grunge, ¿cómo se llamaba?
- Ja, ja… rió Najwa. Por ahí arriba os enteráis de todo.
Mírala, ligándose a todo el que se pone por delante, pensó Penélope Cruise, mordiéndose los labios. Otra necrofílica, como el Morrissey.
- Hoist that Raaag… rugió Waits, sin éxito.
…
Limbo es la primera canción que grabó Ian en solitario cuando se encontró con John Peel allá arriba. La segunda se llama Pluton Planet…
Todo el mundo veía a la sobrina de Román subiendo y bajando las escaleras del teatro, pero en realidad era el increíble hombre menguante de Twin Peaks quien controlaba a la gente. Por eso la butaca de la máxima autoridad estaba ocupada por Simon Jeffes y toda su corte de la Penguin Cafe Orchestra, en vez de por el alcalde y sus efectos colaterales. Y por eso, cuando salió a hablar el ex concejal de la cultura local, todos estábamos viendo a Tom Waits soltando improperios por su megáfono o viceversa, porque no se sabe bien quién es el que ronca y quién hace de altavoz.
- Hay 290 personas –dijo la sobrina, haciendo el recuento de asistentes.
- Vaya, para esto no le ponen ceros detrás de la cifra, dijo el pinganillofono.
- Es para mí un orgullo de representar a este excelentísimo ayuntamiento…, iba desgranando el superdelegado.
- Hoist that raaaaaggg… fanfarroneaba el otro, por detrás.
- A uno de los dos le ha fallado el traductor del google, dijo Ian a Najwa.
Para la John Peel Session de Ian, Juliette Binoche había sacado de su armario toda la ropa de Los Amantes del Pont Neuf. Y Diana Gail fantaseaba con que el de la barba era Morrissey y estaba cantando I am the last of the famous international playboys. Y sus padres añoraban aquellos tiempos de la Edad de Oro en que coincidieron con el cocinero del Jaula, quien les preparó un desayuno a base de carne con tomate que, aseguraba, estaba hecha con el lomo del quinto beattle, cuando en realidad pertenecía al calvorota del primer disco de Radio Futura.
- Tengo la sensación de que aquí nos están dando gato por liebre, dijo el alcalde Simon Jeffes a mi gato, que se había dormido con el de que discurso y estaba soñando de que era Azrael y perseguía pitufos por todo el teatro.
- Abre los ojos, le susurró Najwa.
- ¿Y a mí no me van a dar ninguna placa?, dijo Penélope Cruise.
Al poco empezó a llover sobre el escenario. Esta es la lluvia del porvenir, pensó This Charming Man, y en ese momento vimos el destello de un trueno que convirtió el blue monday en un país multicolor donde el conjuro de los enemigos de este pueblo oscuro empezaba a florecer.
- También yo tengo una canción que se llama Blue Monday, dijo Lisa Germano, y Leonor Watling le pidió a Christina Rosenvinge que buscase la guitarra para que, entre las dos, pudieran cantarla.
Todos los que estaban en el público huyeron despavoridos, salvo los invitados de honor, que subieron al escenario y, en vez de gritar "we are the world, we are the childrens", como le hubiera gustado a la sobrina de Román, sucumbieron ante la belleza de aquella premonitoria tormenta tropical que parecía salida de El amor en los tiempos del cólera, e hicieron los coros y las palmas de La vida en la frontera: "la vida en la fronteeera no espera, es todo lo que debes saber". And Ian se acordó de Ceremony, y no pudo refrenar sus lágrimas de contento.
- Está bien, yo maté a Laura Palmer, lo reconozco, confesó el cocinero del Jaula, abrazado a la grabadora del agente Cooper.