La voracidad que trasgrede nuestro debilucho sistema de valores no tiene límites. A veces, incluso, parece algo normal, hasta el punto de que ni siquiera te das cuenta. Estás oyendo la radio o viendo la tele, o leyendo el periódico o cualquier revista y, como quien no quiere la cosa, se va entremetiendo por los ojos y los oídos, y va formando parte de la "normalidad", de lo comúnmente aceptado por todos e, incluso, se sumerge en los pliegues de tu cerebro para adueñarse de las envidias y hasta de las necesidades.
Desde el último modelo de teléfono móvil hasta los chalés donde viven los famosos, esa opulenta voracidad incide tanto y tantas veces en la personalidad que llega a convertir deseos en frustraciones. Lo que ayer no existía, ahora es imprescindible. Lo que nunca te hizo falta, hoy no entiendes cómo has podido vivir tantos años sin tenerlo.
Además de eso, es una masa psicológica en continua transformación. Se retroalimenta, como el ansia por el poder, o por el dinero. Y siempre encuentra una justificación, aunque ésta sea capaz de arrasar con la ética o los valores que creíamos inalterables. La voracidad es frívola y no entiende de más criterios que la propia voracidad constante. Y si en algún momento se queda sin campo para actuar, se busca otro terreno donde ponerse a dar dentelladas.
Mira este ejemplo, aparecido recientemente en un diario de tirada nacional. El encabezado dice: "Venta de Solar Uso Residencial. Costa Mediterránea de Tetuán (Marruecos)". La vista del terreno muestra una franja que casi se mete en el mar, cosa que en nuestro país no permitiría hoy la legislación sobre costas. La "empresa" responsable de la venta se denomina "Mixta África" y el proyecto lo firma el gran Ricardo Bofill, o sea, lo más de lo más que se despacha en arquitectura. Una muestra más de lo que es capaz de hacer la voracidad del sistema cuando el maná se ve en peligro…
Ahora mira esta foto: una casa en la Costa Brava, situada en medio de las rocas, con vistas al mar. Aparece en el dominical de un periódico, en la sección "Decoración". En el texto escrito, el propietario (otro arquitecto) se justifica con la pregunta "¿Cómo colocar una vivienda en un acantilado sin tener que lamentarlo?" y se responde diciendo lindezas como "Nuria (su mujer) siempre quiso tener una casa en el mar" o "se trata de intervenir sin destruir, de no restarle bravura al paisaje" y para ello empotra la casa dentro de las rocas, un verdadero acto de amor a la tierra. ¿No te da envidia? Pues claro que sí. Pero la única forma de no destruir ni restarle bravura al paisaje consiste en no empotrarle un chalé de lujo. O sea.
Tocadiscos: Saint Etienne – He’s on the phone. Una de las más hermosas y bailables canciones de uno de mis grupos más queridos del pop actual. Pulsa aquí y no te importe mover los pies…